LENGUAS SAGRADAS
Con las grandes dominaciones egipcias, acadias, asirias y babilónicas, todos estos dialectos semíticos se fueron fusionando en una lengua imperial: el arameo. Durante la construcción de la Torre de Babel, por primera vez en la historia el hombre se ve obligado a un poliglotismo universal.
Ambos grupos, el indoario-indoeuropeo procedente de las estepas caucásicas del norte del Mar Negro, y las lenguas semíticas de todo el Oriente Medio, son lenguas sagradas, como sagrado es el Verbo Creador. La más antigua historia del Diluvio Universal mesopotámico y su héroe Gilgamesh, que tenía tres partes de divino y una de humano, se narra por escrito en las tablillas de Nínive, la capital de Asiria. De ella se hacen varias versiones en dialectos arameos: acadio, asirio y babilónico.
Templos y estelas grabadas nos cuentan el culto a sus dioses, las victorias de sus reyes, las derrotas de sus enemigos. Los arqueólogos de nuestros días siguen descubriendo litotecas de innumerables tablillas de barro cocido, grabadas con estiletes de caña, en Jericó, Biblos, Ugarit y Persépolis. Ya en 3.200 antes de nuestra era, jeroglíficos egipcios en la pirámide de Saqqara mencionan a la diosa de la escritura y del libro, Seshat. El más antiguo monumento sumerio grabado en piedra es la estela de los Buitres de 2.400 a. En 1700 a., el rey semita Hammurabi nos lega en piedra su código legislativo y moral, que incluye la justa ley del Talión, vigente hasta la ley cristiana del amor y del perdón.
Desde 2.500, las lenguas indoarias dravídicas e indoeuropeas del sánscrito de la India, cuentan con el Rig Veda y los Upanishad; el Kamasutra o comportamiento sexual en la unión divina, el Ramayana de la doctrina religiosa, y los mitos y leyendas recogidos en el Puranas, los poemas épicos del Mahabharata, la obra más extensa, que con 150.000 versos supera la Ilíada y la Odisea y aún la Biblia, con tipos de letra hindú y brahmi usadas en el sánscrito.
Antes del Nuevo Imperio egipcio del primer monoteísta de la historia, Akenaton, esa civilización nos lega El libro de los Muertos. Expulsados del Sinaí más o menos en la misma época, 1.500 años a., los hebreos habían asimilado la cultura de los faraones, a quienes habían servido en puestos de importancia, y cuyo ambicionado trono estuvieron muy cerca de heredar. Empiezan entonces a escribir su historia, que es la de los grandes imperios que los rodean y someten. Con todas sus deficiencias, la mejor historia de la Antigüedad, en arameo, ya evolucionado del acadio original, lengua semítica imperial hablada desde Anatolia al Golfo Pérsico y África nororiental. El arameo que hablaban Jesucristo y los primeros cristianos, que todavía conservan como lengua litúrgica pequeños grupos de iglesias cristianas en Siria y Mosul.
sábado, 4 de abril de 2009
sábado, 28 de marzo de 2009
AVENTURA DE LA PALABRA HABLADA Y ESCRITA A TRAVÉS DE LA HISTORIA
GÉNESIS SIGLO XXI
El hombre no inventó el fuego. El Fuego era de los dioses. El hombre lo copió cuando un rayo caído de los cielos incendió un árbol. Una rama en llamas le sirvió de antorcha y los pavorosos rescoldos le dieron calor. Al dominarlo, el hombre perdió el miedo al dios del Fuego. Aprendió a andar sobre sus brasas sin quemarse, y en las oscuras noches de novilunio, espantadas las fieras que huían hacia la profundidad del bosque, danzaba a su alrededor hasta que la luz volvía a amanecer.
Hesíodo quería decir que Prometeo había robado a los dioses la luz de la inteligencia para regalarla a los hombres. El hombre había conseguido perpetuar el fuego, que desde entonces no ha faltado sobre la Tierra: ni en los templos paganos zigurats, ni en los altares cristianos, el Fuego Eterno del Holocausto Judío y la Llama Olímpica.
El hombre no hablaba. Aprendió de sus congéneres los demás animales, simios, delfines, ballenas, a comunicarse entre sí, y de los pájaros a cantar. Antes que en la palabra escrita se había expresado en imágenes, con una capacidad simbólica y estética insuperables. Cuando ya tenía una nomenclatura de las cosas que le rodeaban, se expresó, primero en canto sin palabras y luego en poesía. La imperiosa necesidad de atrapar la instantánea y huidiza idea, le sugirió la escritura pintura ideográfica, cuneiforme y jeroglífica después, 3.000 años antes de nuestra era, en Sumeria y Egipto, cunas de nuestra civilización occidental.
Las palabras que cada tribu había ido creando para su uso zonal durante balbucientes milenios, se fueron fusionando en el área que tratamos, en dos grupos principales: indoario-indoeuropeo y lenguas semíticas, originadas por los pueblos migratorios procedentes de Arabia.
El hombre no inventó el fuego. El Fuego era de los dioses. El hombre lo copió cuando un rayo caído de los cielos incendió un árbol. Una rama en llamas le sirvió de antorcha y los pavorosos rescoldos le dieron calor. Al dominarlo, el hombre perdió el miedo al dios del Fuego. Aprendió a andar sobre sus brasas sin quemarse, y en las oscuras noches de novilunio, espantadas las fieras que huían hacia la profundidad del bosque, danzaba a su alrededor hasta que la luz volvía a amanecer.
Hesíodo quería decir que Prometeo había robado a los dioses la luz de la inteligencia para regalarla a los hombres. El hombre había conseguido perpetuar el fuego, que desde entonces no ha faltado sobre la Tierra: ni en los templos paganos zigurats, ni en los altares cristianos, el Fuego Eterno del Holocausto Judío y la Llama Olímpica.
El hombre no hablaba. Aprendió de sus congéneres los demás animales, simios, delfines, ballenas, a comunicarse entre sí, y de los pájaros a cantar. Antes que en la palabra escrita se había expresado en imágenes, con una capacidad simbólica y estética insuperables. Cuando ya tenía una nomenclatura de las cosas que le rodeaban, se expresó, primero en canto sin palabras y luego en poesía. La imperiosa necesidad de atrapar la instantánea y huidiza idea, le sugirió la escritura pintura ideográfica, cuneiforme y jeroglífica después, 3.000 años antes de nuestra era, en Sumeria y Egipto, cunas de nuestra civilización occidental.
Las palabras que cada tribu había ido creando para su uso zonal durante balbucientes milenios, se fueron fusionando en el área que tratamos, en dos grupos principales: indoario-indoeuropeo y lenguas semíticas, originadas por los pueblos migratorios procedentes de Arabia.
sábado, 21 de marzo de 2009
EL LENGUAJE DE LA PIEDRA
EL ECLECTICISMO FINAL
Desde el Olimpo, los dioses han ido descendiendo hasta unirse con su atormentada criatura, el hombre.
A mediados del siglo XIX el efervescente Manifiesto Comunista encorajina a los proletarios del mundo a unirse en la defensa de sus derechos de clase obrera. El Romanticismo impregna el Realismo Socialista, el Modernismo, el Surrealismo vanguardista, y todos los Ismos subsiguientes. Francia acuña el vocablo universal Art Nouveau.
La primera guerra mundial, jaque mate a la caída de los zares y al imperio Austro-Húngaro, modifica estrepitosamente el tablero de ajedrez que es Europa. Rusia reemprende la traicionada Revolución francesa, aumentada y corregida esta vez.
Entre todos aquellos creadores pioneros en el devenir de nuevos estilos, Antonio Gaudí es el más imaginativo y ecléctico. Construye la primera sede obrera en Mataró. Diseña el idílico palacete el Capricho en Comillas, en estilo neomudéjar, que ha tenido un gran florecimiento entre finales del siglo XIX y principios del XX en palacios y plazas de toros, en España y América. La Sagrada Familia de Barcelona es un compendio de todos los estilos arquitectónicos que han enaltecido a la Humanidad.
El otro arquitecto universal de sus tiempos es el suizo Le Corbusier, más laico y socializante que Gaudí, en cuyo edificio en el boulevard Michelet de Marsella, cerca del Vieux Port, y no lejos de la catedral bizantina, viví durante dos años, 17 después de su inauguración. Padre de la arquitectura moderna, diseña viviendas sociales en la India, palacios de deportes y el Metro de Moscú. Su discípulo y colaborador Oscar Niemeyer desarrolla el proyecto conjunto de la ciudad ideal de Brasilia, y contra todos los problemas sociales, da a su país una gran monumentalidad arquitectónica.
La arquitectura soviética denota el utilitarismo social en construcciones y viviendas populares. Los países satélites se alinean de sólidos cubos rectangulares y uniformes hileras de ventanas cuadriculadas, en un sobrio neoclasicismo modernizado y socializante, víctima del criticismo de occidente, más político que construccional. Desde Alemania del Este hasta el Báltico, Corea del Norte, Vietnam, Mongolia, incluso la tradicionalista China de exóticos tejados de pagoda vueltos hacia arriba, ya disuelto también su milenario imperialismo.
En países del Este europeo, miembros de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, perdura el bizantinismo veneciano de siglos anteriores, así como en Viena, donde sorprende el socializante sovietismo de transición del Karl-Max-Hof de los barrios periféricos, en contraste con el casco histórico, tan moderadamente imperial como el Madrid de los Austrias. Inmensos hoteles-caserna, renovados en su interior, ofrecen hoy un aceptable confort de Hungría Comunitaria. La sobriedad soviética estaba muy superada ya en la Yugoslavia de Tito. Impactante es el estilo victoriano del casco histórico de Praga, protegido por el príncipe Carlos de Inglaterra. La aparente prosperidad del país, acabado de salir del comunismo, quizá se deba a la fabricación de armamento.
La Universidad Laboral de Gijón, de tiempos de Franco, llamada el Escorial del Norte por su monumentalidad, y porque de alguna manera lo evocan su cuadrangular estructura, la imperial entrada de soberbios herrajes, el barroquismo berniniano de la iglesia, el grutesco del desfasado teatro, en dicotomía con el conspicuo estilo soviético en las ventanas y aulas que dan al inmenso patio, más acorde con la funcionalidad a que estaba destinado, y que a esas alturas del siglo se había impuesto más o menos sofisticadamente en el resto de Europa.
La torre Eiffel, sin la que hoy no podríamos concebir París, desgastada ya su fealdad de contraste inicial, inaugura la edad del hierro del siglo XX. Estaciones de ferrocarril y puentes diseñados por ingenieros artistas, edificios de Congresos y Ferias Internacionales, rascacielos de acero y cristal en Chicago y Nueva York. Las Torres Gemelas fueron construidas de un bosquejo de Le Corbusier.
Un funcionalismo global, uniforme y diverso, alberga omnipotentes multinacionales que han dejado allá abajo las más altas torres de iglesias y catedrales neogóticas, proyectando amedrentadoras sombras dosificadoras del cielo y del sol común, que hacen que el hombre se sienta una hormiguita insignificante e impotente, apabullado por la deífica capacidad humana para una Creación sintética y artificial. Un Génesis a la inversa, en el que el Hombre, desde siempre, estuviese creando a dios.
Ponencia presentada en el VI Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Publicada por el Instituto de Estudios Ceutíes. Ceuta 2006.
Desde el Olimpo, los dioses han ido descendiendo hasta unirse con su atormentada criatura, el hombre.
A mediados del siglo XIX el efervescente Manifiesto Comunista encorajina a los proletarios del mundo a unirse en la defensa de sus derechos de clase obrera. El Romanticismo impregna el Realismo Socialista, el Modernismo, el Surrealismo vanguardista, y todos los Ismos subsiguientes. Francia acuña el vocablo universal Art Nouveau.
La primera guerra mundial, jaque mate a la caída de los zares y al imperio Austro-Húngaro, modifica estrepitosamente el tablero de ajedrez que es Europa. Rusia reemprende la traicionada Revolución francesa, aumentada y corregida esta vez.
Entre todos aquellos creadores pioneros en el devenir de nuevos estilos, Antonio Gaudí es el más imaginativo y ecléctico. Construye la primera sede obrera en Mataró. Diseña el idílico palacete el Capricho en Comillas, en estilo neomudéjar, que ha tenido un gran florecimiento entre finales del siglo XIX y principios del XX en palacios y plazas de toros, en España y América. La Sagrada Familia de Barcelona es un compendio de todos los estilos arquitectónicos que han enaltecido a la Humanidad.
El otro arquitecto universal de sus tiempos es el suizo Le Corbusier, más laico y socializante que Gaudí, en cuyo edificio en el boulevard Michelet de Marsella, cerca del Vieux Port, y no lejos de la catedral bizantina, viví durante dos años, 17 después de su inauguración. Padre de la arquitectura moderna, diseña viviendas sociales en la India, palacios de deportes y el Metro de Moscú. Su discípulo y colaborador Oscar Niemeyer desarrolla el proyecto conjunto de la ciudad ideal de Brasilia, y contra todos los problemas sociales, da a su país una gran monumentalidad arquitectónica.
La arquitectura soviética denota el utilitarismo social en construcciones y viviendas populares. Los países satélites se alinean de sólidos cubos rectangulares y uniformes hileras de ventanas cuadriculadas, en un sobrio neoclasicismo modernizado y socializante, víctima del criticismo de occidente, más político que construccional. Desde Alemania del Este hasta el Báltico, Corea del Norte, Vietnam, Mongolia, incluso la tradicionalista China de exóticos tejados de pagoda vueltos hacia arriba, ya disuelto también su milenario imperialismo.
En países del Este europeo, miembros de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, perdura el bizantinismo veneciano de siglos anteriores, así como en Viena, donde sorprende el socializante sovietismo de transición del Karl-Max-Hof de los barrios periféricos, en contraste con el casco histórico, tan moderadamente imperial como el Madrid de los Austrias. Inmensos hoteles-caserna, renovados en su interior, ofrecen hoy un aceptable confort de Hungría Comunitaria. La sobriedad soviética estaba muy superada ya en la Yugoslavia de Tito. Impactante es el estilo victoriano del casco histórico de Praga, protegido por el príncipe Carlos de Inglaterra. La aparente prosperidad del país, acabado de salir del comunismo, quizá se deba a la fabricación de armamento.
La Universidad Laboral de Gijón, de tiempos de Franco, llamada el Escorial del Norte por su monumentalidad, y porque de alguna manera lo evocan su cuadrangular estructura, la imperial entrada de soberbios herrajes, el barroquismo berniniano de la iglesia, el grutesco del desfasado teatro, en dicotomía con el conspicuo estilo soviético en las ventanas y aulas que dan al inmenso patio, más acorde con la funcionalidad a que estaba destinado, y que a esas alturas del siglo se había impuesto más o menos sofisticadamente en el resto de Europa.
La torre Eiffel, sin la que hoy no podríamos concebir París, desgastada ya su fealdad de contraste inicial, inaugura la edad del hierro del siglo XX. Estaciones de ferrocarril y puentes diseñados por ingenieros artistas, edificios de Congresos y Ferias Internacionales, rascacielos de acero y cristal en Chicago y Nueva York. Las Torres Gemelas fueron construidas de un bosquejo de Le Corbusier.
Un funcionalismo global, uniforme y diverso, alberga omnipotentes multinacionales que han dejado allá abajo las más altas torres de iglesias y catedrales neogóticas, proyectando amedrentadoras sombras dosificadoras del cielo y del sol común, que hacen que el hombre se sienta una hormiguita insignificante e impotente, apabullado por la deífica capacidad humana para una Creación sintética y artificial. Un Génesis a la inversa, en el que el Hombre, desde siempre, estuviese creando a dios.
Ponencia presentada en el VI Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Publicada por el Instituto de Estudios Ceutíes. Ceuta 2006.
sábado, 14 de marzo de 2009
EL LENGUAJE DE LA PIEDRA
VUELTA A LOS ORÍGENES
Como los movimientos milenarios de la Iglesia, siempre tendentes a la pureza y austeridad del cristianismo primitivo, tras los excesos amerengados de tarta imperial de gusto plebeyo en lo que iba degenerando el último rococó, se origina una vuelta drástica a la simplicidad clásica grecorromana, espoleada por los descubrimientos arqueológicos de las ruinas de Herculano y Pompeya, auspiciados por el rey de Nápoles, Carlos VII, III de España después.
Aunque como todas las derivaciones innovadoras, esta tendencia clasicista ya estaba incubada en el renacimiento, y mucho más evidente en el barroco, no menos contribuye a ello el empirismo de las revoluciones burguesas de 1688 en Inglaterra, la Norteamericana con la Declaración de los Derechos del Hombre en 1776, y la francesa en 1789, nacida del Enciclopedismo en el Siglo de las Luces bajo el lema Libertad Igualdad Fraternidad.
Se inicia entonces un arte austero, pragmático y escueto, basado en el orden, equilibrio, serenidad y armonía clásicos. Con esta nueva secularización de la cultura se construyen más hospitales que iglesias, escuelas, museos y academias de Artes y Ciencias. En Italia, impidiadosamente, hay Hospitales de Incurables, denominación que la Medicina Mental de nuestros dias no permitiría. Los edificios simplifican las hiladas de sus fachadas, desprovistas ya de superfluos adornos barrocos. El triángulo del frontispicio griego, tan agrandado en iglesias y catedrales románicas y góticas para albergar la estatuaria religiosa de toda la corte celestial y la escenografía repetitiva del Antiguo y Nuevo Testamentos, vuelve a su tamaño partenón como emblema universal en Teatros Nacionales, Palacios de Justicia, Bolsas, y otros edificios de uso público.
Como potencia emergente, y en su dicotomía de Imperio Romano Germánico, Alemania emula el clasicismo griego y el neoimperialismo de Napoleón. La puerta de Brandeburgo de Berlín, como el San Marcos de Venecia y el arco del triunfo de Constantino en Milán, se coronan con la diosa Victoria cabalgando sobre cuadrigas romanas. Luis I de Baviera enriquece a Munich con Gliptoteca y Pinacoteca, soberbios edificios clásicos provistos de columnatas como las del Vaticano. Cerca de Ratisbona, sobre el Danubio hace erigir un templo al que llama Walhalla, el paraíso de celtas y germanos, Panteón de Hombres Ilustres Alemanes, como la Madeleine de París.
Francia, ahíta de su rococó, con el nuevo césar ítalo-galo, Napoleón, que ya había contemplado el colosalismo de Egipto, con su auto proclamación como Emperador en 1804, traiciona la revolución a la que había servido, y deroga la nueva Era laica y pagana instituida por la República, que había convertido la saqueada Nôtre Dame en Templo de la Razón. La iglesia de la Madeleine, comenzada en tiempos de de Luis XVI, a manera del templo de Neptuno construido en Roma por el helenista emperador Adriano, natural de Itálica, es dedicada a Templo de la Gracia y de la Fama de la Gran Armada, y los Inválidos de tiempos de Luis XIV, en su propia tumba, cuando ya había llenado París de arcos de triunfo, copias de los de la Roma imperial. Su hijo, el Rey de Roma, Napoleón II, como el de Julio César y Cleopatra, Cesarión, nunca llegaría a reinar.
La Rusia bizantina de Pedro I el Grande se occidentaliza, proceso continuado por Catalina II la Grande, y hasta la caída de los zares. Alejandro I celebra su victoria sobre Napoleón con la erección del palacio del Almirantazgo y la espléndida catedral de Kazan de cúpulas y columnatas como las del Vaticano, el edificio de la Bolsa sobre el río Neva y los grandiosos teatros nacionales de San Petersburgo y Moscú, de frontispicios griegos, ambos coronados por cuadrigas, como en Berlín.
Inglaterra pasa de un incipiente barroquismo a un elegante neoclasicismo en la Galería Nacional, el Museo Británico, la Bolsa, el Banco de Inglaterra, y un arco de triunfo dedicado a Lord Wellington, vencedor de Napoleón. Clona su estilo en sus colonias de Nueva Inglaterra, Boston, Filadelfia y Washington, con la Casa Blanca, el Capitolio y el Monticello de Jefferson en Vermont.
El monarca ilustrado Carlos III, que ya viene de una corte muy floreciente en Nápoles, continúa en España la obra modernizadora de su padre Felipe V y de su medio hermano Fernando VI. Erradica la canallesca costumbre del “agua va”, y recorta encubridoras capas y alados chambergos, a los que los españoles estaban tan apegados. Nos dejan la monumentalidad de las fuentes de Cibeles y Neptuno, el Museo del Prado, la Fábrica de Tabaco de Sevilla y la emblemática Puerta de Alcalá. El neoclasicismo en la América española nos da el Palacio de la Minería en México y la Casa de la Moneda en Santiago de Chile, luego Palacio Presidencial, de infausta memoria reciente.
Como los movimientos milenarios de la Iglesia, siempre tendentes a la pureza y austeridad del cristianismo primitivo, tras los excesos amerengados de tarta imperial de gusto plebeyo en lo que iba degenerando el último rococó, se origina una vuelta drástica a la simplicidad clásica grecorromana, espoleada por los descubrimientos arqueológicos de las ruinas de Herculano y Pompeya, auspiciados por el rey de Nápoles, Carlos VII, III de España después.
Aunque como todas las derivaciones innovadoras, esta tendencia clasicista ya estaba incubada en el renacimiento, y mucho más evidente en el barroco, no menos contribuye a ello el empirismo de las revoluciones burguesas de 1688 en Inglaterra, la Norteamericana con la Declaración de los Derechos del Hombre en 1776, y la francesa en 1789, nacida del Enciclopedismo en el Siglo de las Luces bajo el lema Libertad Igualdad Fraternidad.
Se inicia entonces un arte austero, pragmático y escueto, basado en el orden, equilibrio, serenidad y armonía clásicos. Con esta nueva secularización de la cultura se construyen más hospitales que iglesias, escuelas, museos y academias de Artes y Ciencias. En Italia, impidiadosamente, hay Hospitales de Incurables, denominación que la Medicina Mental de nuestros dias no permitiría. Los edificios simplifican las hiladas de sus fachadas, desprovistas ya de superfluos adornos barrocos. El triángulo del frontispicio griego, tan agrandado en iglesias y catedrales románicas y góticas para albergar la estatuaria religiosa de toda la corte celestial y la escenografía repetitiva del Antiguo y Nuevo Testamentos, vuelve a su tamaño partenón como emblema universal en Teatros Nacionales, Palacios de Justicia, Bolsas, y otros edificios de uso público.
Como potencia emergente, y en su dicotomía de Imperio Romano Germánico, Alemania emula el clasicismo griego y el neoimperialismo de Napoleón. La puerta de Brandeburgo de Berlín, como el San Marcos de Venecia y el arco del triunfo de Constantino en Milán, se coronan con la diosa Victoria cabalgando sobre cuadrigas romanas. Luis I de Baviera enriquece a Munich con Gliptoteca y Pinacoteca, soberbios edificios clásicos provistos de columnatas como las del Vaticano. Cerca de Ratisbona, sobre el Danubio hace erigir un templo al que llama Walhalla, el paraíso de celtas y germanos, Panteón de Hombres Ilustres Alemanes, como la Madeleine de París.
Francia, ahíta de su rococó, con el nuevo césar ítalo-galo, Napoleón, que ya había contemplado el colosalismo de Egipto, con su auto proclamación como Emperador en 1804, traiciona la revolución a la que había servido, y deroga la nueva Era laica y pagana instituida por la República, que había convertido la saqueada Nôtre Dame en Templo de la Razón. La iglesia de la Madeleine, comenzada en tiempos de de Luis XVI, a manera del templo de Neptuno construido en Roma por el helenista emperador Adriano, natural de Itálica, es dedicada a Templo de la Gracia y de la Fama de la Gran Armada, y los Inválidos de tiempos de Luis XIV, en su propia tumba, cuando ya había llenado París de arcos de triunfo, copias de los de la Roma imperial. Su hijo, el Rey de Roma, Napoleón II, como el de Julio César y Cleopatra, Cesarión, nunca llegaría a reinar.
La Rusia bizantina de Pedro I el Grande se occidentaliza, proceso continuado por Catalina II la Grande, y hasta la caída de los zares. Alejandro I celebra su victoria sobre Napoleón con la erección del palacio del Almirantazgo y la espléndida catedral de Kazan de cúpulas y columnatas como las del Vaticano, el edificio de la Bolsa sobre el río Neva y los grandiosos teatros nacionales de San Petersburgo y Moscú, de frontispicios griegos, ambos coronados por cuadrigas, como en Berlín.
Inglaterra pasa de un incipiente barroquismo a un elegante neoclasicismo en la Galería Nacional, el Museo Británico, la Bolsa, el Banco de Inglaterra, y un arco de triunfo dedicado a Lord Wellington, vencedor de Napoleón. Clona su estilo en sus colonias de Nueva Inglaterra, Boston, Filadelfia y Washington, con la Casa Blanca, el Capitolio y el Monticello de Jefferson en Vermont.
El monarca ilustrado Carlos III, que ya viene de una corte muy floreciente en Nápoles, continúa en España la obra modernizadora de su padre Felipe V y de su medio hermano Fernando VI. Erradica la canallesca costumbre del “agua va”, y recorta encubridoras capas y alados chambergos, a los que los españoles estaban tan apegados. Nos dejan la monumentalidad de las fuentes de Cibeles y Neptuno, el Museo del Prado, la Fábrica de Tabaco de Sevilla y la emblemática Puerta de Alcalá. El neoclasicismo en la América española nos da el Palacio de la Minería en México y la Casa de la Moneda en Santiago de Chile, luego Palacio Presidencial, de infausta memoria reciente.
sábado, 7 de marzo de 2009
EL LENGUAJE DE LA PIEDRA
EL FRÍVOLO ROCOCÓ
Francia, ambivalente durante la Contrarreforma hasta la Noche de San Bartolomé, tocada por el Calvinismo en el norte y en la Navarra borbónica de la nueva dinastía de Enrique IV, que rectifica para ocupar el trono de San Luis, en el siglo del Rey Sol se modera en construcciones religiosas, tan pródigas en su suelo, concentrada en la erección del palacio de Versalles, el más espléndido de sus tiempos y modelo para el resto de Europa.
Sin dejar de ser renacentista, este laicismo profano desemboca en el Rococó, barroco desenfrenado y decadente hacia su meta final. Es un tiempo álgido de sedas bordados encajes puntillas, pelucas rizadas y empolvadas, que va a durar hasta la Revolución.
Apartándose del tenebrismo anterior, los colores se suavizan sensualmente en verdes rosas azules malvas. Los interiores se iluminan de blancos y dorados. Buena muestra de ello la tenemos en techos y puertas en el monasterio de Yuso en la Cogolla. Espejos y cornucopias de sobrecargados marcos asimétricos adornan las paredes, guirnaldas de flores y sensuales Cupidos voladores decoran los techos. Hasta el léxico se impregna de liviandad: chinoiseries, por la excelencia de la porcelana china, bibelots biscuits bagatelas chucherías, denotan un estilo cortesano frívolo y burgués, al que se llama Pompadour por la más famosa de las amantes de Luis XV.
Alemania va a usar profusamente, sin caer en lo banal, este arte de rocallas y grutescos, ya patente en las villas privadas de algunos de los emperadores romanos en los acantilados de la costa y en las colinas junto al Tiber. Federico II el Grande de Prusia se hace construir su palacio Sanssouci a la manera de Versalles, en su corte de Postdam. También el zar Pedro I el Grande va a dar grandiosidad versallesca a su ciudad de San Petersburgo y a su palacio Monplaisir. Baviera, y Bohemia todavía contrarreformista, construyen iglesias de interiores ampulosamente rococó, arte más de interiores que de fachadas.
El palacio de Schömbrunn de la emperatriz María Teresa, como el Trianón de su hija María Antonieta, cuenta con salas de porcelanas chinas, relojes, fastuosas lámparas de cristal de Bohemia y Sévres, etc. Sus regios salones están decorados con narcisistas retratos de la hermosa y desgraciada emperatriz de Austria Isabel de Baviera. Su hijo Rodolfo, el último de su rama, no llegará a reinar. Asesinado, se sospecha, por su propio padre Francisco José, junto con su amante, la jovencísima baronesa húngara María Vétsera, al haber comido setas venenosas de aquellos bosques circundantes, en cuyo castillo de Mayerling, en las escarpaduras melodiosas de los Bosques de Viena, vivieron su infortunado amor y su tragedia final.
Según la versión oficial, el Archiduque había disparado a su amada y luego a sí mismo, en el pabellón de caza, hoy convento carmelita y museo. Su padre no lo creía digno del trono imperial. Sospechaba que no era hijo suyo, sino del conde húngaro Andrassy, con quien Sissí había mantenido una políticamente peligrosa amistad. A Rodolfo se le acusaba también de haber convivido al mismo tiempo con la propia madre de su amante, tan bella como la hija.
Destino trágico el de Rodolfo, como el de su propia madre, asesinada en Ginebra en 1898 por un anarquista italiano que le atravesó el corazón con un arma punzante. Y como su tío, Maximiliano de México, y su primo y sucesor el Archiduque Francisco Fernando, asesinado junto con su esposa en Sarajevo, hecho que colmó el vaso desencadenante de la tan deseada primera guerra mundial, fin del imperio Austro-Húngaro de los Habsburgo y el de los zares Romanov.
Francia, ambivalente durante la Contrarreforma hasta la Noche de San Bartolomé, tocada por el Calvinismo en el norte y en la Navarra borbónica de la nueva dinastía de Enrique IV, que rectifica para ocupar el trono de San Luis, en el siglo del Rey Sol se modera en construcciones religiosas, tan pródigas en su suelo, concentrada en la erección del palacio de Versalles, el más espléndido de sus tiempos y modelo para el resto de Europa.
Sin dejar de ser renacentista, este laicismo profano desemboca en el Rococó, barroco desenfrenado y decadente hacia su meta final. Es un tiempo álgido de sedas bordados encajes puntillas, pelucas rizadas y empolvadas, que va a durar hasta la Revolución.
Apartándose del tenebrismo anterior, los colores se suavizan sensualmente en verdes rosas azules malvas. Los interiores se iluminan de blancos y dorados. Buena muestra de ello la tenemos en techos y puertas en el monasterio de Yuso en la Cogolla. Espejos y cornucopias de sobrecargados marcos asimétricos adornan las paredes, guirnaldas de flores y sensuales Cupidos voladores decoran los techos. Hasta el léxico se impregna de liviandad: chinoiseries, por la excelencia de la porcelana china, bibelots biscuits bagatelas chucherías, denotan un estilo cortesano frívolo y burgués, al que se llama Pompadour por la más famosa de las amantes de Luis XV.
Alemania va a usar profusamente, sin caer en lo banal, este arte de rocallas y grutescos, ya patente en las villas privadas de algunos de los emperadores romanos en los acantilados de la costa y en las colinas junto al Tiber. Federico II el Grande de Prusia se hace construir su palacio Sanssouci a la manera de Versalles, en su corte de Postdam. También el zar Pedro I el Grande va a dar grandiosidad versallesca a su ciudad de San Petersburgo y a su palacio Monplaisir. Baviera, y Bohemia todavía contrarreformista, construyen iglesias de interiores ampulosamente rococó, arte más de interiores que de fachadas.
El palacio de Schömbrunn de la emperatriz María Teresa, como el Trianón de su hija María Antonieta, cuenta con salas de porcelanas chinas, relojes, fastuosas lámparas de cristal de Bohemia y Sévres, etc. Sus regios salones están decorados con narcisistas retratos de la hermosa y desgraciada emperatriz de Austria Isabel de Baviera. Su hijo Rodolfo, el último de su rama, no llegará a reinar. Asesinado, se sospecha, por su propio padre Francisco José, junto con su amante, la jovencísima baronesa húngara María Vétsera, al haber comido setas venenosas de aquellos bosques circundantes, en cuyo castillo de Mayerling, en las escarpaduras melodiosas de los Bosques de Viena, vivieron su infortunado amor y su tragedia final.
Según la versión oficial, el Archiduque había disparado a su amada y luego a sí mismo, en el pabellón de caza, hoy convento carmelita y museo. Su padre no lo creía digno del trono imperial. Sospechaba que no era hijo suyo, sino del conde húngaro Andrassy, con quien Sissí había mantenido una políticamente peligrosa amistad. A Rodolfo se le acusaba también de haber convivido al mismo tiempo con la propia madre de su amante, tan bella como la hija.
Destino trágico el de Rodolfo, como el de su propia madre, asesinada en Ginebra en 1898 por un anarquista italiano que le atravesó el corazón con un arma punzante. Y como su tío, Maximiliano de México, y su primo y sucesor el Archiduque Francisco Fernando, asesinado junto con su esposa en Sarajevo, hecho que colmó el vaso desencadenante de la tan deseada primera guerra mundial, fin del imperio Austro-Húngaro de los Habsburgo y el de los zares Romanov.
sábado, 28 de febrero de 2009
EL LENGUAJE DE LA PIEDRA
EL BARROQUISMO CONTRARREFORMISTA
Si el románico y el gótico habían uniformado Europa, el barroco traza una drástica línea divisoria. En el siglo XVI el protestantismo secciona la mitad septentrional de la unidad latina de la Iglesia de Roma. Martín Lutero en Alemania, Calvino en Francia y Swinglio en Suiza, correligionarios con una misma doctrina de divergencia y austeridad, en una renovada iconoclasia despojan los templos, que ya habían prescindido del aterrorizante zoomorfismo románico y gótico anterior, de toda representación antropomórfica también. Mucho después, el filósofo alemán Hegel sintetizará que “el antropomorfismo destruye a los dioses.” Con lo que naturalmente no están de acuerdo ni artistas ni imagineros.
El concilio de Trento condena el nuevo cisma, y la Europa de la Contrarreforma proyecta el barroco con virulencia defensiva de erupción alérgica. En el Vaticano, germanización etimológica de “Paticano”, Gianlorenzo Bernini diseña el Baldaquino y la Plaza de San Pedro con la clásica columnata imperial crestada de apóstoles papas y obispos, centrada por el Obelisco, reminiscencia del mundo egipcio, inspirados en originales traídos de allá por emperadores y papas, repartidos por la Ciudad Eterna París Londres y Berlín.
Francesco Borromini, su contemporáneo y colaborador rival, prescindiendo de cánones arquitectónicos, lo que le valdrá el epíteto de extravagante, introduce curvaturas y sinuosidades cóncavas y convexas en fachadas y balconadas de iglesias y palacios urbanos, así como en planos altos de las torres. Los interiores exhiben retablos mayores de escenografía teatral, los mantos pétreos flotan a lo Santa Teresa de Bernini, las figuras se corporizan apretadamente en los frontones, cornisas y frisos se alinean de bustos y cabezas, los rosetones se ovalan, y hasta las bóvedas, en un prodigio de técnica. Roma se embellece con grandes fuentes con motivos mitológicos paganos, de los que nunca ha llegado a prescindir: tritones náyades ninfas, caballos que piafan al aire.
En el imperio Austro-Húngaro, vástago español, Bohemia, y Baviera todavía copartícipe en la Contrarreforma, barroquizan sus catedrales, ascuas de oro, muy semejantes las de Munich, Viena, y Praga con los sepulcros del emperador Fernando I, hermano de Carlos V, y su esposa Ana Jaguellón, hermana de Luis II de Hungría, de la rama francesa de Anjou, que deja viuda a María, hermana de ambos emperadores, al morir luchando contra los turcos de Solimán el Magnífico en la batalla de Mohacs.
En el puente medieval de Carlos IV, padre de la patria checa, los jesuitas erigen una soberbia estatua de San Juan Nepumoceno, mártir patrón de Praga, con mitra arzobispal y báculo. En el siglo XIX el puente queda completo, flanqueado por 33 estatuas, entre ellas cuatro santos españoles, que recortan su perfil contra el melodioso río Moldava, que ensordece las protestas de Jon Huss.
Barroco, que fácilmente podría asociarse al primigenio barro original, sin embargo quiere decir perla imperfecta o piedra preciosa sin pulir, con cuya definición, del portugués, no están de acuerdo muchos historiadores del Arte. Del “baroque” francés significa extravagante.
En España, la elegante austeridad del Escorial sirve de contención a esa extravagancia, con muchos Ayuntamientos y torres de equilibrada sobriedad. El barroco plateresco produce en España el llamado Transparente, retablo de la catedral de Toledo, a manera del Baldaquino de Roma, la fachada de la Universidad de Alcalá de Henares, la de la iglesia de San Pablo de Valladolid. Las castizas Plazas Mayores, Salamanca y Madrid, se las debemos a los Churrigueras.
Con la nueva monarquía borbónica de Felipe V, España se moderniza a la francesa. Se construyen el Palacio Real y el de Aranjuez en Madrid, el de la Granja de San Ildefonso en Segovia, cuyo alcázar con sus torres cónicas grises de castillos del Rin, es lo más centroeuropeo de nuestra península.
El estilo, que es una actitud anímica tanto como ideológica, se define en todas las artes paralelamente a la arquitectura, que según Friedrick Nietzsche es la grandeza de la eternización del hombre, porque “si los hombres no hubieran empezado por construir casas para sus dioses, la arquitectura estaría todavía en pañales.”
En nuestro país, así como la capital del románico mundial es Palencia, la del barroco es Sevilla, y lo seguirá siendo siempre con su barroquismo procesional. El Hospital de Venerables, el palacio de San Telmo, la fachada plateresca de su Ayuntamiento, e innumerables iglesias y torres. Desde aquí el barroco mudéjar va a ser trasplantado a América a través de los jesuitas, que han hecho suya la Contrarreforma, clonando su señera iglesia matriz el Gesú de Roma, en todas las capitales del Nuevo Mundo, con las iglesias de la Compañía, casi siempre adosadas a la catedral. La iglesia de San Francisco en Lima, las de Nueva España y otras muchas, exhiben una floritura mestiza indianizada con exuberantes motivos autóctonos.
Si el románico y el gótico habían uniformado Europa, el barroco traza una drástica línea divisoria. En el siglo XVI el protestantismo secciona la mitad septentrional de la unidad latina de la Iglesia de Roma. Martín Lutero en Alemania, Calvino en Francia y Swinglio en Suiza, correligionarios con una misma doctrina de divergencia y austeridad, en una renovada iconoclasia despojan los templos, que ya habían prescindido del aterrorizante zoomorfismo románico y gótico anterior, de toda representación antropomórfica también. Mucho después, el filósofo alemán Hegel sintetizará que “el antropomorfismo destruye a los dioses.” Con lo que naturalmente no están de acuerdo ni artistas ni imagineros.
El concilio de Trento condena el nuevo cisma, y la Europa de la Contrarreforma proyecta el barroco con virulencia defensiva de erupción alérgica. En el Vaticano, germanización etimológica de “Paticano”, Gianlorenzo Bernini diseña el Baldaquino y la Plaza de San Pedro con la clásica columnata imperial crestada de apóstoles papas y obispos, centrada por el Obelisco, reminiscencia del mundo egipcio, inspirados en originales traídos de allá por emperadores y papas, repartidos por la Ciudad Eterna París Londres y Berlín.
Francesco Borromini, su contemporáneo y colaborador rival, prescindiendo de cánones arquitectónicos, lo que le valdrá el epíteto de extravagante, introduce curvaturas y sinuosidades cóncavas y convexas en fachadas y balconadas de iglesias y palacios urbanos, así como en planos altos de las torres. Los interiores exhiben retablos mayores de escenografía teatral, los mantos pétreos flotan a lo Santa Teresa de Bernini, las figuras se corporizan apretadamente en los frontones, cornisas y frisos se alinean de bustos y cabezas, los rosetones se ovalan, y hasta las bóvedas, en un prodigio de técnica. Roma se embellece con grandes fuentes con motivos mitológicos paganos, de los que nunca ha llegado a prescindir: tritones náyades ninfas, caballos que piafan al aire.
En el imperio Austro-Húngaro, vástago español, Bohemia, y Baviera todavía copartícipe en la Contrarreforma, barroquizan sus catedrales, ascuas de oro, muy semejantes las de Munich, Viena, y Praga con los sepulcros del emperador Fernando I, hermano de Carlos V, y su esposa Ana Jaguellón, hermana de Luis II de Hungría, de la rama francesa de Anjou, que deja viuda a María, hermana de ambos emperadores, al morir luchando contra los turcos de Solimán el Magnífico en la batalla de Mohacs.
En el puente medieval de Carlos IV, padre de la patria checa, los jesuitas erigen una soberbia estatua de San Juan Nepumoceno, mártir patrón de Praga, con mitra arzobispal y báculo. En el siglo XIX el puente queda completo, flanqueado por 33 estatuas, entre ellas cuatro santos españoles, que recortan su perfil contra el melodioso río Moldava, que ensordece las protestas de Jon Huss.
Barroco, que fácilmente podría asociarse al primigenio barro original, sin embargo quiere decir perla imperfecta o piedra preciosa sin pulir, con cuya definición, del portugués, no están de acuerdo muchos historiadores del Arte. Del “baroque” francés significa extravagante.
En España, la elegante austeridad del Escorial sirve de contención a esa extravagancia, con muchos Ayuntamientos y torres de equilibrada sobriedad. El barroco plateresco produce en España el llamado Transparente, retablo de la catedral de Toledo, a manera del Baldaquino de Roma, la fachada de la Universidad de Alcalá de Henares, la de la iglesia de San Pablo de Valladolid. Las castizas Plazas Mayores, Salamanca y Madrid, se las debemos a los Churrigueras.
Con la nueva monarquía borbónica de Felipe V, España se moderniza a la francesa. Se construyen el Palacio Real y el de Aranjuez en Madrid, el de la Granja de San Ildefonso en Segovia, cuyo alcázar con sus torres cónicas grises de castillos del Rin, es lo más centroeuropeo de nuestra península.
El estilo, que es una actitud anímica tanto como ideológica, se define en todas las artes paralelamente a la arquitectura, que según Friedrick Nietzsche es la grandeza de la eternización del hombre, porque “si los hombres no hubieran empezado por construir casas para sus dioses, la arquitectura estaría todavía en pañales.”
En nuestro país, así como la capital del románico mundial es Palencia, la del barroco es Sevilla, y lo seguirá siendo siempre con su barroquismo procesional. El Hospital de Venerables, el palacio de San Telmo, la fachada plateresca de su Ayuntamiento, e innumerables iglesias y torres. Desde aquí el barroco mudéjar va a ser trasplantado a América a través de los jesuitas, que han hecho suya la Contrarreforma, clonando su señera iglesia matriz el Gesú de Roma, en todas las capitales del Nuevo Mundo, con las iglesias de la Compañía, casi siempre adosadas a la catedral. La iglesia de San Francisco en Lima, las de Nueva España y otras muchas, exhiben una floritura mestiza indianizada con exuberantes motivos autóctonos.
sábado, 21 de febrero de 2009
EL LENGUAJE DE LA PIEDRA
EL DESPEREZO RENACENTISTA
Desperdigados los templarios, que habían transformado los castillos islámicos al románico y al gótico, copadas las comarcas con abadías y sedes episcopales que desde sus tronos catedralicios hacían rica y famosa la región, tras la gran peste que asola Europa a mediados del siglo XIV, en el próspero ducado de la Florencia de Lorenzo de Medici, como un brote telúrico nace un ramillete de genios universales versados en todas las artes y ciencias a la vez, que repiten la Grecia del siglo V antes de nuestra Era.
Precedido por las Letras, se va perfilando un movimiento que mira más hacia el futuro que al pasado, en el que prima más el palacio que la iglesia. El laicismo renacentista tiende al clasicismo griego pagano y profano, añadiendo lo lascivo a lo carnal. Los frescos de la Capilla Sixtina llevan a los papas del concilio de Trento a vestir desnudeces. Contra ello predica Girolamo Savonarola, que morirá en la hoguera, que había inducido a muchos librepensadores a ocultar o destruir libros de esoterismo o herejía, y al mismo Botticelli a quemar algunos de sus etéreos y deliciosos bocetos.
El esbelto arco gótico apuntado de portadas ventanales y claustros, pierde su agudeza, retornando al sobrio medio punto semicircular. Desde Florencia a Roma y Venecia proliferan palacios renacentistas como los de Medici Farnesio y Barberini, papables ya. Las Madonas, despojadas de su hieratismo divino cobran un cercano aire humanista. En el siglo XIX los pintores ingleses acuñan el neologismo discriminatorio individual llamado Prerrafaelismo, laudatorio o crítico, lo que el Código da Vinci nos podría aclarar.
Brunelleschi erige la cúpula de Santa María de Fiori en Florencia, y Miguel Ángel, siguiendo a Bramante, la del Vaticano, con el esplendor que Julio II había proyectado para aquella basílica de tiempos de Constantino. La cúpula, símbolo del útero materno, se repite tanto como el frontispicio griego en todos los palacios legislativos del mundo, en Washington y la Habana, entre otros muchos.
El Renacimiento no va a ser inmediatamente aceptado por el resto de Europa, tan apegada al excelso gótico, pero tardíamente influirá en su transformación. En París, cuna del gótico tanto como Borgoña del románico, coincidiendo con la estancia de Leonardo da Vinci en la corte de Francisco I, Francia empieza a abrirse al Renacimiento. Después, en la de su hijo Enrique II casado con Catalina de Médici, el palacio Pitti, corte ducal de Florencia, va a servir de modelo para el de Luxemburgo y Fontainebleu.
Tanto los Países Bajos como Alemania siguen aplicando el gótico en edificios civiles, y desde el imponente castillo de Heidelberg, saltan casi al romántico de sus castillos de cuentos de hadas del Rey Loco Luis II de Baviera. Mucho más aferrada aun, Inglaterra ha hecho del gótico su razón de ser, aplicándolo a catedrales y castillos, en Oxford y en Cambridge, hasta el gótico Tudor y el neogótico victoriano de sus colonias en Norteamérica, África Asia y Oceanía. Muy tardíamente va a adoptar el estilo del discípulo de Miguel Ángel, Andrea Palladio, tanto en palacios urbanos como rurales.
En las dos naciones hegemónicas del siglo XVI, en España la transformación del gótico tardío se llama estilo Isabelino, flamenco, flamígero o plateresco, que afecta más a lo decorativo que a lo estructural. En Portugal, siempre al unísono, el estilo Manuelino, cuya característica más sobresaliente, la columna salomónica en espiral, adornada con trepantes hojas vegetales policromadas, preconiza el barroquismo de la Contrarreforma.
Una vez conseguida la unidad de España, los Reyes Católicos empiezan su política sustituyendo fortalezas defensivas y castillos caballerescos por palacios señoriales, desmochando almenas, característica islámica de la que quieren prescindir. Con la disolución de las Órdenes Militares, estos poderes son asumidos por el rey Fernando.
En estilo isabelino se construyen en la Cartuja de Miraflores de Burgos, los sepulcros de sus padres, Juan II de Castilla e Isabel de Portugal, y el de su joven hermano muerto prematuramente, que hubiera sido Alfonso XII. En los territorios conquistados la Capilla Real en la catedral de Granada, como la de Palma de Mallorca y Sevilla, levantadas sobre las que habían sido mezquitas mayores. El minarete Giralda, indultado, es completado luego con el Giraldillo, culmen de la más íntima simbiosis islámico-cristiana en la torre más esbelta del mundo.
El Cardenal Primado Pedro González de Mendoza, junto con su numerosa y encumbrada familia, introduce el renacimiento en España con el palacio del Infantado en Guadalajara y el de Cogolludo. El plateresco se aplica en fachadas de catedrales, Salamanca y Compostela, que como la del Pilar, van transformándose en cada renovación. Universidades, Colegios Mayores, Hospitales Reales de Compostela, Toledo y San Marcos en León.
En un sobrio estilo renacentista se construye el palacio de Carlos V en la más desafortunada ubicación, dentro del sensual conjunto de la Alhambra, tan discordante como la Pirámide de Cristal de Mitterrand ante el Museo del Louvre. Felipe II, que ha visto mucha arquitectura en Londres Flandes y el Tirol, se hace construir el Escorial, Octava Maravilla del mundo moderno, en su propio estilo sobrio y elegante escurialense o herreriano por su diseñador, repetido en el Nuevo Mundo en el que se llama el Escorial de los Andes en Quito.
Desperdigados los templarios, que habían transformado los castillos islámicos al románico y al gótico, copadas las comarcas con abadías y sedes episcopales que desde sus tronos catedralicios hacían rica y famosa la región, tras la gran peste que asola Europa a mediados del siglo XIV, en el próspero ducado de la Florencia de Lorenzo de Medici, como un brote telúrico nace un ramillete de genios universales versados en todas las artes y ciencias a la vez, que repiten la Grecia del siglo V antes de nuestra Era.
Precedido por las Letras, se va perfilando un movimiento que mira más hacia el futuro que al pasado, en el que prima más el palacio que la iglesia. El laicismo renacentista tiende al clasicismo griego pagano y profano, añadiendo lo lascivo a lo carnal. Los frescos de la Capilla Sixtina llevan a los papas del concilio de Trento a vestir desnudeces. Contra ello predica Girolamo Savonarola, que morirá en la hoguera, que había inducido a muchos librepensadores a ocultar o destruir libros de esoterismo o herejía, y al mismo Botticelli a quemar algunos de sus etéreos y deliciosos bocetos.
El esbelto arco gótico apuntado de portadas ventanales y claustros, pierde su agudeza, retornando al sobrio medio punto semicircular. Desde Florencia a Roma y Venecia proliferan palacios renacentistas como los de Medici Farnesio y Barberini, papables ya. Las Madonas, despojadas de su hieratismo divino cobran un cercano aire humanista. En el siglo XIX los pintores ingleses acuñan el neologismo discriminatorio individual llamado Prerrafaelismo, laudatorio o crítico, lo que el Código da Vinci nos podría aclarar.
Brunelleschi erige la cúpula de Santa María de Fiori en Florencia, y Miguel Ángel, siguiendo a Bramante, la del Vaticano, con el esplendor que Julio II había proyectado para aquella basílica de tiempos de Constantino. La cúpula, símbolo del útero materno, se repite tanto como el frontispicio griego en todos los palacios legislativos del mundo, en Washington y la Habana, entre otros muchos.
El Renacimiento no va a ser inmediatamente aceptado por el resto de Europa, tan apegada al excelso gótico, pero tardíamente influirá en su transformación. En París, cuna del gótico tanto como Borgoña del románico, coincidiendo con la estancia de Leonardo da Vinci en la corte de Francisco I, Francia empieza a abrirse al Renacimiento. Después, en la de su hijo Enrique II casado con Catalina de Médici, el palacio Pitti, corte ducal de Florencia, va a servir de modelo para el de Luxemburgo y Fontainebleu.
Tanto los Países Bajos como Alemania siguen aplicando el gótico en edificios civiles, y desde el imponente castillo de Heidelberg, saltan casi al romántico de sus castillos de cuentos de hadas del Rey Loco Luis II de Baviera. Mucho más aferrada aun, Inglaterra ha hecho del gótico su razón de ser, aplicándolo a catedrales y castillos, en Oxford y en Cambridge, hasta el gótico Tudor y el neogótico victoriano de sus colonias en Norteamérica, África Asia y Oceanía. Muy tardíamente va a adoptar el estilo del discípulo de Miguel Ángel, Andrea Palladio, tanto en palacios urbanos como rurales.
En las dos naciones hegemónicas del siglo XVI, en España la transformación del gótico tardío se llama estilo Isabelino, flamenco, flamígero o plateresco, que afecta más a lo decorativo que a lo estructural. En Portugal, siempre al unísono, el estilo Manuelino, cuya característica más sobresaliente, la columna salomónica en espiral, adornada con trepantes hojas vegetales policromadas, preconiza el barroquismo de la Contrarreforma.
Una vez conseguida la unidad de España, los Reyes Católicos empiezan su política sustituyendo fortalezas defensivas y castillos caballerescos por palacios señoriales, desmochando almenas, característica islámica de la que quieren prescindir. Con la disolución de las Órdenes Militares, estos poderes son asumidos por el rey Fernando.
En estilo isabelino se construyen en la Cartuja de Miraflores de Burgos, los sepulcros de sus padres, Juan II de Castilla e Isabel de Portugal, y el de su joven hermano muerto prematuramente, que hubiera sido Alfonso XII. En los territorios conquistados la Capilla Real en la catedral de Granada, como la de Palma de Mallorca y Sevilla, levantadas sobre las que habían sido mezquitas mayores. El minarete Giralda, indultado, es completado luego con el Giraldillo, culmen de la más íntima simbiosis islámico-cristiana en la torre más esbelta del mundo.
El Cardenal Primado Pedro González de Mendoza, junto con su numerosa y encumbrada familia, introduce el renacimiento en España con el palacio del Infantado en Guadalajara y el de Cogolludo. El plateresco se aplica en fachadas de catedrales, Salamanca y Compostela, que como la del Pilar, van transformándose en cada renovación. Universidades, Colegios Mayores, Hospitales Reales de Compostela, Toledo y San Marcos en León.
En un sobrio estilo renacentista se construye el palacio de Carlos V en la más desafortunada ubicación, dentro del sensual conjunto de la Alhambra, tan discordante como la Pirámide de Cristal de Mitterrand ante el Museo del Louvre. Felipe II, que ha visto mucha arquitectura en Londres Flandes y el Tirol, se hace construir el Escorial, Octava Maravilla del mundo moderno, en su propio estilo sobrio y elegante escurialense o herreriano por su diseñador, repetido en el Nuevo Mundo en el que se llama el Escorial de los Andes en Quito.
sábado, 14 de febrero de 2009
EL LENGUAJE DE LA PIEDRA
MÚSICA CONGELADA (Goethe) BOSQUE PETRIFICADO (Nietzsche)
Recuperada Sicilia para la cristiandad por los normandos, a principios del segundo milenio se organizan las Cruzadas como ofensiva en el terreno musulmán de Tierra Santa. Los cristianos occidentales se hacen también con el resistente Imperio Romano de Oriente, y se sientan en el trono de Constantinopla y reinos adyacentes. España tiene aun para largo con su propia cruzada nacional, promovida por el papa Alejandro II, que luego va a secundar Urbano II para Tierra Santa.
A partir de la reforma benedictina de Cluny por San Bernardo de Clavaral, iconoclasta como San Pablo y San Agustín de Hipona, incluso San Juan de la Cruz dice que “el hombre devoto necesita pocas imágenes”, el arte románico, ya cisterciense, va deslizándose hacia el más exigente y suntuoso estilo gótico vertical. Se elevan las naves de crucerías latinas, las ventanas altas y estrechas agudizan sus arcos en ojivas, y estilizadas torres de agujas “cipreses de piedra”, tratan de pinchar el cielo como nuevas torres de Babel.
Este arte de los godos, llamado bárbaro por su origen germano, nace en Francia, en la antigua abadía románica de St. Denis, enterramiento de la dinastía Merovingia, con el abad Suger y Luis VII, y como el románico, con vocación europeísta. Desde allí se irradia a la imponente catedral de Chartres, inaugurada por Luis IX el Santo en 1262 como nuevo enterramiento de la dinastía Capeto.
La catedral de Nôtre Dame de París y las iglesias de la Madeleine, se van a repetir profusamente por todo el territorio francés. El gótico traspasa los Pirineos, y en Castilla se erigen las catedrales de Burgos y León, la de Palma de Mallorca en el reino de Aragón. En la Inglaterra normanda se reconstruyen las catedrales de Durham Salisbury Westminster y la primada de Canterbury. En Alemania las de Magdeburgo Ulm y Colonia. Siglos después Goethe va a elogiar la de Estraburgo y a denostar la de Milán. El estilo lombardo influye en la exquisita catedral de Barcelona y su Barrio Gótico
Iglesias visigóticas que habían sido transformadas en mezquitas, finalmente volverán al culto cristiano. Los vestigios islámico-góticos son innumerables en ellas. En el reino de Aragón el arte califal cuenta con las Seo de Urgel y Zaragoza y el espléndido palacio de la Aljafería. Continuador del antiguo arte mozárabe, el arte mudéjar adorna los cimborrios con cerámica vidriada, caladas celosías de mármol y hermosos artesonados. Estos artífices habían sido auspiciados por la dinastía convertida al Islam de los Banu Qasi del reino taifa de Tudela, entroncado con los reyes de Navarra y Aragón, a su vez entroncados con el mismo Almanzor. En sus obras cristianas abundan las inscripciones en árabe y hebreo.
Abadías-fortalezas como Ripoll y Poblet, o el castillo de Peñíscola, van transformándose del románico al gótico. En el palacio de los Reyes de Navarra en Estella, dos exquisitos capiteles adosados a la fachada representan a unos cruzados con cotas yelmos y lanzas, luchando a caballo protegido por faldón.
De la Inglaterra del último rey anglo-sajón Eduardo I el Confesor, con el normando Guillermo I el Conquistador se van goticisando el castillo de Windsor, la Torre de Londres, la abadía de Westminster y otras, cuyas techumbres de madera habían ido desapareciendo en repetidos incendios. Hornacinas en fachadas y arquitrabes se rellenan con estatuas alargadas de santos, apóstoles, parejas reales, arzobispos. Cariátides se llaman las femeninas, atlantes las masculinas. Reminiscencia léxica griega, que perdura, como los capiteles dóricos jónicos y corintios, ahora más floreados con motivos vegetales y flores de acanto.
Hoy llamaríamos pornográficos los iconos alegóricos que con descriptiva delectación, a veces soez, representan los pecados capitales, libidinosos los de lujuria. Era la Biblia de los Pobres, que no sabían leer, y cuya interpretación de Kamasutra pagano el Códice Calixtino trataba de enderezar.
Además del alzado punzante de las torres de filigranas bordadas y calados en piedra, que en el románico, más rural, eran sólo campaniles, los muros cerrados se traspasan con vidrieras, utilizando la mística magia de la luz y del color. La abadía de Melk en Viena, antiguo castillo medieval donado a los monjes por el emperador Leopoldo I, restaurado últimamente en el 2000, aunque se la encaja en el barroco español, sus cúpulas doradas de bulbos de cebolla son tan bizantinas o venecianas como si aun estuvieran ante sus puertas los otomanos. Elevada hasta el risco en que está erigida, impresionan sus enormes vidrieras de diseños vanguardistas, que acumulan toda la luz del valle del Danubio que corre a sus pies. En su imponente biblioteca, antigua Sala Imperial, como el monje Bencio en El nombre de la rosa de Umberto Eco, cualquiera puede “sentirse atosigado por la lujuria del saber.”
A lo largo del Rin del Loira y del Danubio, se elevan enriscados castillos de ensueño, como el del desgraciado archiduque Rodolfo, hijo de Sissí y del emperador Francisco José I de Austria, con sus agujas azul grises de pizarra, tan profusas como los bulbos bizantinos en toda la Europa del Este.
Recuperada Sicilia para la cristiandad por los normandos, a principios del segundo milenio se organizan las Cruzadas como ofensiva en el terreno musulmán de Tierra Santa. Los cristianos occidentales se hacen también con el resistente Imperio Romano de Oriente, y se sientan en el trono de Constantinopla y reinos adyacentes. España tiene aun para largo con su propia cruzada nacional, promovida por el papa Alejandro II, que luego va a secundar Urbano II para Tierra Santa.
A partir de la reforma benedictina de Cluny por San Bernardo de Clavaral, iconoclasta como San Pablo y San Agustín de Hipona, incluso San Juan de la Cruz dice que “el hombre devoto necesita pocas imágenes”, el arte románico, ya cisterciense, va deslizándose hacia el más exigente y suntuoso estilo gótico vertical. Se elevan las naves de crucerías latinas, las ventanas altas y estrechas agudizan sus arcos en ojivas, y estilizadas torres de agujas “cipreses de piedra”, tratan de pinchar el cielo como nuevas torres de Babel.
Este arte de los godos, llamado bárbaro por su origen germano, nace en Francia, en la antigua abadía románica de St. Denis, enterramiento de la dinastía Merovingia, con el abad Suger y Luis VII, y como el románico, con vocación europeísta. Desde allí se irradia a la imponente catedral de Chartres, inaugurada por Luis IX el Santo en 1262 como nuevo enterramiento de la dinastía Capeto.
La catedral de Nôtre Dame de París y las iglesias de la Madeleine, se van a repetir profusamente por todo el territorio francés. El gótico traspasa los Pirineos, y en Castilla se erigen las catedrales de Burgos y León, la de Palma de Mallorca en el reino de Aragón. En la Inglaterra normanda se reconstruyen las catedrales de Durham Salisbury Westminster y la primada de Canterbury. En Alemania las de Magdeburgo Ulm y Colonia. Siglos después Goethe va a elogiar la de Estraburgo y a denostar la de Milán. El estilo lombardo influye en la exquisita catedral de Barcelona y su Barrio Gótico
Iglesias visigóticas que habían sido transformadas en mezquitas, finalmente volverán al culto cristiano. Los vestigios islámico-góticos son innumerables en ellas. En el reino de Aragón el arte califal cuenta con las Seo de Urgel y Zaragoza y el espléndido palacio de la Aljafería. Continuador del antiguo arte mozárabe, el arte mudéjar adorna los cimborrios con cerámica vidriada, caladas celosías de mármol y hermosos artesonados. Estos artífices habían sido auspiciados por la dinastía convertida al Islam de los Banu Qasi del reino taifa de Tudela, entroncado con los reyes de Navarra y Aragón, a su vez entroncados con el mismo Almanzor. En sus obras cristianas abundan las inscripciones en árabe y hebreo.
Abadías-fortalezas como Ripoll y Poblet, o el castillo de Peñíscola, van transformándose del románico al gótico. En el palacio de los Reyes de Navarra en Estella, dos exquisitos capiteles adosados a la fachada representan a unos cruzados con cotas yelmos y lanzas, luchando a caballo protegido por faldón.
De la Inglaterra del último rey anglo-sajón Eduardo I el Confesor, con el normando Guillermo I el Conquistador se van goticisando el castillo de Windsor, la Torre de Londres, la abadía de Westminster y otras, cuyas techumbres de madera habían ido desapareciendo en repetidos incendios. Hornacinas en fachadas y arquitrabes se rellenan con estatuas alargadas de santos, apóstoles, parejas reales, arzobispos. Cariátides se llaman las femeninas, atlantes las masculinas. Reminiscencia léxica griega, que perdura, como los capiteles dóricos jónicos y corintios, ahora más floreados con motivos vegetales y flores de acanto.
Hoy llamaríamos pornográficos los iconos alegóricos que con descriptiva delectación, a veces soez, representan los pecados capitales, libidinosos los de lujuria. Era la Biblia de los Pobres, que no sabían leer, y cuya interpretación de Kamasutra pagano el Códice Calixtino trataba de enderezar.
Además del alzado punzante de las torres de filigranas bordadas y calados en piedra, que en el románico, más rural, eran sólo campaniles, los muros cerrados se traspasan con vidrieras, utilizando la mística magia de la luz y del color. La abadía de Melk en Viena, antiguo castillo medieval donado a los monjes por el emperador Leopoldo I, restaurado últimamente en el 2000, aunque se la encaja en el barroco español, sus cúpulas doradas de bulbos de cebolla son tan bizantinas o venecianas como si aun estuvieran ante sus puertas los otomanos. Elevada hasta el risco en que está erigida, impresionan sus enormes vidrieras de diseños vanguardistas, que acumulan toda la luz del valle del Danubio que corre a sus pies. En su imponente biblioteca, antigua Sala Imperial, como el monje Bencio en El nombre de la rosa de Umberto Eco, cualquiera puede “sentirse atosigado por la lujuria del saber.”
A lo largo del Rin del Loira y del Danubio, se elevan enriscados castillos de ensueño, como el del desgraciado archiduque Rodolfo, hijo de Sissí y del emperador Francisco José I de Austria, con sus agujas azul grises de pizarra, tan profusas como los bulbos bizantinos en toda la Europa del Este.
sábado, 7 de febrero de 2009
EL LENGUAJE DE LA PIEDRA
SIMBIOSIS ISLÁMICO-CRISTIANA
En el siglo VII, Mahoma, inspirado en el Antiguo Testamento judío y el Nuevo cristiano, escribe un compendio selectivo de ambos, llamado Corán, con el que consigue unificar a las tribus del desierto de Arabia en torno a la Kaaba, meteorito caído del cielo durante el periodo de formación de la Tierra, que ya adoraban antes de que Abraham fuera impelido por su legítima esposa Sara a sacrificar al primogénito Ismael, hijo de su esclava Agar, en favor de su propio hijo Isaac, como creen ismaelitas y agarenos contra la versión judía sarracena.
Llamados musulmanes por el gran foco que para la nueva religión representa Mosul, dan una nueva datación a su Hégira islámica, como sus hermanos monoteístas judíos y cristianos, a los que no consideran tal por la controversia trinitaria, más hinduista que hebrea, ratificada desde los concilios de Nicea a Trento. Llegan hasta la India China y Mongolia, África y Europa meridional. Asimilan culturas, y son depositarios de la más cercana grecorromana cristiana bizantina del Medio Oriente.
Sobre el destruido Templo de Salomón, a su vez palacio de Herodes y Templo de Júpiter, erigen la cúpula dorada de la Roca, primer monumento islámico, aun incólume para nuestra estupefacción. Sobre un templo cristiano se levanta la mezquita mayor en Damasco y la de Ispahán en Irán. En sus construcciones emplean arquitectos y mosaístas cristianos bizantinos de Constantinopla, que utilizan decoración persa. El Egipto conquistado se llena de mezquitas que reproducen columnas y monolitos faraónicos, estilizados de ingrávida verticalidad, evocadores del lingam hindú o falo creador, minaretes desde donde se llama a la oración, hechura que muchos siglos después van a reproducir los misiles espaciales.
Oleadas de musulmanes procedentes de África atraviesan repetidas veces el estrecho de Gibraltar, cruzan Hispania y penetran en el reino Franco. El caudillo cristiano Carlomagno salva a Europa de los infieles. Derrotado en Roncesvalle, incluso su Marca Hispánica se islamiza. Con el cesaropapismo de sus descendientes francos y los Otones germanos, entroncados con los emperadores de Constantinopla, el estilo romano bizantino del Exarcado de Rávena va a ser difundido por los lombardos en toda Europa Central, consolidándose en el románico cluniacense, lleno de celo religioso y espiritualidad.
En pugna con el Islam, el estilo cluniacense siembra el norte de España de monasterios e iglesias románicas, del que el Camino de Santiago es la máxima expresión. Sahagún y Astorga, Poblet y Ripoll, Santo Domingo de la Calzada y Frómista. San Pedro de la Rua en Estella, está lleno de reconocibles signos de canteros, tanto europeos como orientales. O la insólita catedral de Zamora, de estilo bizantino.
En la arrasada Hispania, ya Al-Andalus, los Omeya levantan sus mezquitas sobre las que habían sido iglesias visigóticas, como la misma Mezquita de Córdoba. Para su defensa construyen fortalezas y alcazabas, castillos inexpugnables, nidos de águilas, creando la verdadera Castilla que pudo haberse llamado toda la península, incluida Portugal, imbuida en el mismo proceso. Conforme progresa la reconquista estos castillos van pasando a los templarios de las Órdenes Militares, partícipes en ella, y al restaurarlos los van dotando de la fisonomía cristiana del románico y el gótico, como en Ponferrada, el Burgo de Osma y en las poderosas murallas de Ávila.
Mucho se han hispanizado los árabes o arabizado los cristianos, cuando nos dejan la mezquita de Córdoba, Medina Azahara, la Alhanbra, la Aljafería y los castillos de la Calahorra. Los reyes cristianos repueblan sus territorios con visigodos hispano-romanos, cristianos mozárabes que habían convivido y trabajado con musulmanes en Toledo Córdoba Granada y Sevilla, de los que han aprendido técnicas y estilos que aplicaban en iglesias y catedrales de Aquitania y Provenza, Italia y Sicilia. Ahora, los musulmanes que vivían en territorios cristianos, muchos de ellos conversos, despliegan el estilo mudéjar, típicamente español, “tan mezclado como un niño mestizo”.
En el siglo VII, Mahoma, inspirado en el Antiguo Testamento judío y el Nuevo cristiano, escribe un compendio selectivo de ambos, llamado Corán, con el que consigue unificar a las tribus del desierto de Arabia en torno a la Kaaba, meteorito caído del cielo durante el periodo de formación de la Tierra, que ya adoraban antes de que Abraham fuera impelido por su legítima esposa Sara a sacrificar al primogénito Ismael, hijo de su esclava Agar, en favor de su propio hijo Isaac, como creen ismaelitas y agarenos contra la versión judía sarracena.
Llamados musulmanes por el gran foco que para la nueva religión representa Mosul, dan una nueva datación a su Hégira islámica, como sus hermanos monoteístas judíos y cristianos, a los que no consideran tal por la controversia trinitaria, más hinduista que hebrea, ratificada desde los concilios de Nicea a Trento. Llegan hasta la India China y Mongolia, África y Europa meridional. Asimilan culturas, y son depositarios de la más cercana grecorromana cristiana bizantina del Medio Oriente.
Sobre el destruido Templo de Salomón, a su vez palacio de Herodes y Templo de Júpiter, erigen la cúpula dorada de la Roca, primer monumento islámico, aun incólume para nuestra estupefacción. Sobre un templo cristiano se levanta la mezquita mayor en Damasco y la de Ispahán en Irán. En sus construcciones emplean arquitectos y mosaístas cristianos bizantinos de Constantinopla, que utilizan decoración persa. El Egipto conquistado se llena de mezquitas que reproducen columnas y monolitos faraónicos, estilizados de ingrávida verticalidad, evocadores del lingam hindú o falo creador, minaretes desde donde se llama a la oración, hechura que muchos siglos después van a reproducir los misiles espaciales.
Oleadas de musulmanes procedentes de África atraviesan repetidas veces el estrecho de Gibraltar, cruzan Hispania y penetran en el reino Franco. El caudillo cristiano Carlomagno salva a Europa de los infieles. Derrotado en Roncesvalle, incluso su Marca Hispánica se islamiza. Con el cesaropapismo de sus descendientes francos y los Otones germanos, entroncados con los emperadores de Constantinopla, el estilo romano bizantino del Exarcado de Rávena va a ser difundido por los lombardos en toda Europa Central, consolidándose en el románico cluniacense, lleno de celo religioso y espiritualidad.
En pugna con el Islam, el estilo cluniacense siembra el norte de España de monasterios e iglesias románicas, del que el Camino de Santiago es la máxima expresión. Sahagún y Astorga, Poblet y Ripoll, Santo Domingo de la Calzada y Frómista. San Pedro de la Rua en Estella, está lleno de reconocibles signos de canteros, tanto europeos como orientales. O la insólita catedral de Zamora, de estilo bizantino.
En la arrasada Hispania, ya Al-Andalus, los Omeya levantan sus mezquitas sobre las que habían sido iglesias visigóticas, como la misma Mezquita de Córdoba. Para su defensa construyen fortalezas y alcazabas, castillos inexpugnables, nidos de águilas, creando la verdadera Castilla que pudo haberse llamado toda la península, incluida Portugal, imbuida en el mismo proceso. Conforme progresa la reconquista estos castillos van pasando a los templarios de las Órdenes Militares, partícipes en ella, y al restaurarlos los van dotando de la fisonomía cristiana del románico y el gótico, como en Ponferrada, el Burgo de Osma y en las poderosas murallas de Ávila.
Mucho se han hispanizado los árabes o arabizado los cristianos, cuando nos dejan la mezquita de Córdoba, Medina Azahara, la Alhanbra, la Aljafería y los castillos de la Calahorra. Los reyes cristianos repueblan sus territorios con visigodos hispano-romanos, cristianos mozárabes que habían convivido y trabajado con musulmanes en Toledo Córdoba Granada y Sevilla, de los que han aprendido técnicas y estilos que aplicaban en iglesias y catedrales de Aquitania y Provenza, Italia y Sicilia. Ahora, los musulmanes que vivían en territorios cristianos, muchos de ellos conversos, despliegan el estilo mudéjar, típicamente español, “tan mezclado como un niño mestizo”.
sábado, 31 de enero de 2009
EL LENGUAJE DE LA PIEDRA
EL DESIGNIO DIVINO DEL IMPERIO ROMANO (Dante Aliguieri)
Conscientes los romanos de su inferioridad cultural y artística respecto a los griegos, ningún otro pueblo vencedor va a admirar más a un pueblo vencido. Y tratan de emularlos, e incluso superarlos en lo posible. Aúnan sus lenguas en el latín universal, deudor del griego, que se impone en sus dominios desde las Galias y Bretaña a Colonia, el Mediterráneo y la península Ibérica. Pragmáticos ingenieros más que artistas, articulan sus territorios trazando vías y calzadas, elevando puentes y acueductos. Romanizan o crean ciudades que defienden amurallándolas, a las que dotan de alcantarillado termas foros circos anfiteatros arcos de triunfo, y templos que dedican a dioses griegos romanizados en latín. Las primitivas Ahura Mazda caldeas del dios del Fuego, Marduk en Sicilia y Melkart en Gades, son dedicados por los griegos a Poseidón y por los romanos a Zeus-Júpiter, dios del Rayo, el dios de la Luz de Platón.
Tras la Pax Augusta el Imperio Romano va a vivir la mayor y más perdurable conmoción espiritual de la historia de la Humanidad, con la aparición de un profeta en sus provincias más belicosas, Galilea y Judea, antiguo reino unido en tiempos de David y Salomón. Durante los tres primeros siglos de la Era Cristiana, fechada mucho más tarde por los papas, que dividen los tiempos en Antiguo y Nuevo, la religión nacida en Palestina se ha extendido hasta Etiopía Damasco Trebisonda Tarso Tesalónica Corinto y Roma, que la propaga por todo el occidente meridional y central. La sangre de los mártires cristianos que empapa el imperio, ha minado las peanas de sus dioses paganos, y la misma ciudad de Roma con las catacumbas.
Convencido de que ya no hay vuelta atrás, Constantino el Grande proclama la nueva religión del imperio, y acosado por la infiltración de los bárbaros del norte germanos y eslavos, traslada su capital a la antigua colonia Bizancio, a la que llama Constantinopla. Con la dedicación de las basílicas de San Pedro y San Juan de Letrán, y la del Santo Sepulcro en Jerusalén, de los altares y sarcófagos de las catacumbas sale a la luz el austero arte paleocristiano, propagado ya por todos los territorios imperiales.
Sólo un siglo después Roma cae en poder de los bárbaros romanizados. El último emperador Rómulo Augusto es depuesto por el ostrogodo Odoacro, a su vez derrotado por Teodorico. Establecida la capital en Rávena, Teodosio el Grande divide el imperio en oriental y occidental, que el Gran Justiniano trata de reunificar en el siglo VI. Triunfa sobre la iconoclasia cristiana, contagiada por la judía, que después adoptarán también los musulmanes. Para conmemorarlo reconstruye la primitiva iglesia costantiniana de Santa Sofía, que ha quedado totalmente destruida en la guerra de religión, inaugurándola como el templo más grande y fastuoso de la cristiandad. Su estilo oriental bizantino se copia en Santa Sofía de Kiev en Ucrania, en Novgorod y Moscú, en Bulgaria y Trebisonda. El San Vital de Rávena servirá de modelo a Carlomagno para su capilla de Aquisgran, foco de difusión del arte bizantino en Europa.
Tras la caída de Roma en el siglo V, los visigodos, cristianos arrianos, se habían establecido en las Galias, con capital en Toulouse, y en Hispania con capital en Toledo. El Constantino visigodo, Recaredo, abjura de su arrianismo, ya que su reino es cristiano romano, con sedes episcopales en Guadix, Elvira y el resto de España. Los visigodos imponen un arte recio y sólido con reminiscencias de su arte autóctono celta, y del bizantino, con el que han convivido hasta conquistarlo.
Para el siglo IX, con Carlomagno el cristianismo queda sólidamente implantado en casi toda Europa. Los países nórdicos incluida Islandia, están siendo evangelizados por monjes irlandeses. En los monasterios se cultiva el arte bizantino de santos y cristos Pantocrátor policromados, de enormes ojos estáticos y majestad imperial justinianea. Finalizando el primer milenio cristiano este arte se ha deslizado al prerrománico, con sus propias características regionales, sin prescindir del lugar común de cristianismo europeo que representa. El más esquemático ejemplo de esta evolución es el monasterio de Suso en San Millán de la Cogolla, La Rioja, donde encontramos desde el eremitorio rupestre primitivo, hasta el bizantino pre-románico románico visigótico mozárabe gótico y mudéjar.
Del incipiente y victorioso reino visigótico asturiano, se conserva la iglesia de San Miguel de Lillo en el conjunto arquitectónico de Santa María del Monte Naranco, cuyo palacio, como el de los Reyes de Navarra en Estella, de finas columnas ventanales, nos sugieren un todavía por venir renacimiento palatino italiano. Con Alfonso III el Grande, ya rey de León donde tiene su corte, a la Cruz de la Victoria de Pelayo se le cuelgan en los brazos los signos greco-bizantinos Alfa y Omega, principio y fin de todas las cosas, señas de identidad contra el horizonte en el ojo del puente romano de Cangas de Onís, primera victoria de la Reconquista.
Conscientes los romanos de su inferioridad cultural y artística respecto a los griegos, ningún otro pueblo vencedor va a admirar más a un pueblo vencido. Y tratan de emularlos, e incluso superarlos en lo posible. Aúnan sus lenguas en el latín universal, deudor del griego, que se impone en sus dominios desde las Galias y Bretaña a Colonia, el Mediterráneo y la península Ibérica. Pragmáticos ingenieros más que artistas, articulan sus territorios trazando vías y calzadas, elevando puentes y acueductos. Romanizan o crean ciudades que defienden amurallándolas, a las que dotan de alcantarillado termas foros circos anfiteatros arcos de triunfo, y templos que dedican a dioses griegos romanizados en latín. Las primitivas Ahura Mazda caldeas del dios del Fuego, Marduk en Sicilia y Melkart en Gades, son dedicados por los griegos a Poseidón y por los romanos a Zeus-Júpiter, dios del Rayo, el dios de la Luz de Platón.
Tras la Pax Augusta el Imperio Romano va a vivir la mayor y más perdurable conmoción espiritual de la historia de la Humanidad, con la aparición de un profeta en sus provincias más belicosas, Galilea y Judea, antiguo reino unido en tiempos de David y Salomón. Durante los tres primeros siglos de la Era Cristiana, fechada mucho más tarde por los papas, que dividen los tiempos en Antiguo y Nuevo, la religión nacida en Palestina se ha extendido hasta Etiopía Damasco Trebisonda Tarso Tesalónica Corinto y Roma, que la propaga por todo el occidente meridional y central. La sangre de los mártires cristianos que empapa el imperio, ha minado las peanas de sus dioses paganos, y la misma ciudad de Roma con las catacumbas.
Convencido de que ya no hay vuelta atrás, Constantino el Grande proclama la nueva religión del imperio, y acosado por la infiltración de los bárbaros del norte germanos y eslavos, traslada su capital a la antigua colonia Bizancio, a la que llama Constantinopla. Con la dedicación de las basílicas de San Pedro y San Juan de Letrán, y la del Santo Sepulcro en Jerusalén, de los altares y sarcófagos de las catacumbas sale a la luz el austero arte paleocristiano, propagado ya por todos los territorios imperiales.
Sólo un siglo después Roma cae en poder de los bárbaros romanizados. El último emperador Rómulo Augusto es depuesto por el ostrogodo Odoacro, a su vez derrotado por Teodorico. Establecida la capital en Rávena, Teodosio el Grande divide el imperio en oriental y occidental, que el Gran Justiniano trata de reunificar en el siglo VI. Triunfa sobre la iconoclasia cristiana, contagiada por la judía, que después adoptarán también los musulmanes. Para conmemorarlo reconstruye la primitiva iglesia costantiniana de Santa Sofía, que ha quedado totalmente destruida en la guerra de religión, inaugurándola como el templo más grande y fastuoso de la cristiandad. Su estilo oriental bizantino se copia en Santa Sofía de Kiev en Ucrania, en Novgorod y Moscú, en Bulgaria y Trebisonda. El San Vital de Rávena servirá de modelo a Carlomagno para su capilla de Aquisgran, foco de difusión del arte bizantino en Europa.
Tras la caída de Roma en el siglo V, los visigodos, cristianos arrianos, se habían establecido en las Galias, con capital en Toulouse, y en Hispania con capital en Toledo. El Constantino visigodo, Recaredo, abjura de su arrianismo, ya que su reino es cristiano romano, con sedes episcopales en Guadix, Elvira y el resto de España. Los visigodos imponen un arte recio y sólido con reminiscencias de su arte autóctono celta, y del bizantino, con el que han convivido hasta conquistarlo.
Para el siglo IX, con Carlomagno el cristianismo queda sólidamente implantado en casi toda Europa. Los países nórdicos incluida Islandia, están siendo evangelizados por monjes irlandeses. En los monasterios se cultiva el arte bizantino de santos y cristos Pantocrátor policromados, de enormes ojos estáticos y majestad imperial justinianea. Finalizando el primer milenio cristiano este arte se ha deslizado al prerrománico, con sus propias características regionales, sin prescindir del lugar común de cristianismo europeo que representa. El más esquemático ejemplo de esta evolución es el monasterio de Suso en San Millán de la Cogolla, La Rioja, donde encontramos desde el eremitorio rupestre primitivo, hasta el bizantino pre-románico románico visigótico mozárabe gótico y mudéjar.
Del incipiente y victorioso reino visigótico asturiano, se conserva la iglesia de San Miguel de Lillo en el conjunto arquitectónico de Santa María del Monte Naranco, cuyo palacio, como el de los Reyes de Navarra en Estella, de finas columnas ventanales, nos sugieren un todavía por venir renacimiento palatino italiano. Con Alfonso III el Grande, ya rey de León donde tiene su corte, a la Cruz de la Victoria de Pelayo se le cuelgan en los brazos los signos greco-bizantinos Alfa y Omega, principio y fin de todas las cosas, señas de identidad contra el horizonte en el ojo del puente romano de Cangas de Onís, primera victoria de la Reconquista.
sábado, 24 de enero de 2009
EL LENGUAJE DE LA PIEDRA
Filosofía de la historia de la Arquitectura
AL OESTE DEL EDÉN
Apenas el hombre se había despojado de su peluda piel de simio y comenzaba a configurar antropomorfos muñequitos de barro a su imagen y semejanza, que luego divinizaba, toscas vasijas para uso doméstico y dólmenes megalíticos donde enterrar a sus muertos para eternizarlos, proveyéndolos de alimentos y de sus pertenencias personales, en la orilla de Poniente del Nilo nacen unos descomunales hongos de piedra de mundo de Titanes, llamados pirámides, más impactantes por su sobrehumana grandiosidad que por su propia belleza. Se especula que fueron construidas por extraterrestres. Pero desde la más arcaica, la escalonada de Saqqara, cada una de ellas corresponde a una enumerada dinastía y al nombre concreto de un Faraón.
Al mismo tiempo más o menos, en Mesopotamia, donde estaba ubicado el Paraíso Terrenal, se construían zigurats, templos sagrados donde adoraban al Fuego purificador, estelas conmemorativas de hechos de guerra y conquistas, colosales palacios y jardines colgantes. Por confluencia con ambas civilizaciones nace la cultura minoico-cretense en el mar Egeo, donde según algunos estudiosos había ocurrido el cataclismo de la Atlántida, que por toponimia, y según Platón, tuvo lugar en el océano de su nombre.
Para entonces ya habían aparecido conjuntos megalíticos como el de Stonehenge en Inglaterra y la Cueva de Menga en Antequera, cuya interioridad de arcaico y modesto templo egipcio nos transporta a esa civilización, no tan ajena, ya que en sus cercanías se han encontrado urnas funerarias egipcias de alabastro de tiempos de los cartagineses.
En el año 1100 a.C., los tirios, fenicios hegemónicos tras el oscurecimiento de Micenas, fundan Cádiz 80 años después de la caída de Troya, y nos dejan su religión en el templo a Melkart en la isla de Sancti Petris, en el sur, que los griegos dedican a Herakles y los romanos a Hércules, existentes aun en tiempos de Trajano y Adriano.
Con la superación de la cultura micénica en la Grecia continental, los griegos, impregnados de sus vecinos del Próximo Oriente y del cercano Egipto, empiezan a desarrollar su hegemonía del mar. A mediados del primer milenio a.C., construyen palacios y templos de infinita armonía, como el insuperable Partenón, lejos del titanismo de sus predecesores. Para entonces ya se había construido el Templo de Salomón por arquitectos fenicios, que ya habían dejado de epigrafiar sus monumentos con signos cuneiformes e inventado la escritura silábica, que adoptada por los griegos, éstos van a difundir por todo Occidente.
Se dice que sin el helenismo de Alejandro Magno, Europa tal como la conocemos hoy no hubiera existido. En efecto, las extensas conquistas del macedonio hacen posible la simbiosis de las grandes culturas del más cercano Oriente con las del todavía soñoliento despertar occidental. Con su temprana muerte desaparece su vasto y efímero imperio, repartido entre sus generales y amigos favoritos. Con la Eneida de la Magna Grecia en Italia, la cultura grecorromana va a imponerse hasta las orillas del Atlántico. Un imperio imperecedero en el tiempo, que territorialmente doblaba al anterior.
AL OESTE DEL EDÉN
Apenas el hombre se había despojado de su peluda piel de simio y comenzaba a configurar antropomorfos muñequitos de barro a su imagen y semejanza, que luego divinizaba, toscas vasijas para uso doméstico y dólmenes megalíticos donde enterrar a sus muertos para eternizarlos, proveyéndolos de alimentos y de sus pertenencias personales, en la orilla de Poniente del Nilo nacen unos descomunales hongos de piedra de mundo de Titanes, llamados pirámides, más impactantes por su sobrehumana grandiosidad que por su propia belleza. Se especula que fueron construidas por extraterrestres. Pero desde la más arcaica, la escalonada de Saqqara, cada una de ellas corresponde a una enumerada dinastía y al nombre concreto de un Faraón.
Al mismo tiempo más o menos, en Mesopotamia, donde estaba ubicado el Paraíso Terrenal, se construían zigurats, templos sagrados donde adoraban al Fuego purificador, estelas conmemorativas de hechos de guerra y conquistas, colosales palacios y jardines colgantes. Por confluencia con ambas civilizaciones nace la cultura minoico-cretense en el mar Egeo, donde según algunos estudiosos había ocurrido el cataclismo de la Atlántida, que por toponimia, y según Platón, tuvo lugar en el océano de su nombre.
Para entonces ya habían aparecido conjuntos megalíticos como el de Stonehenge en Inglaterra y la Cueva de Menga en Antequera, cuya interioridad de arcaico y modesto templo egipcio nos transporta a esa civilización, no tan ajena, ya que en sus cercanías se han encontrado urnas funerarias egipcias de alabastro de tiempos de los cartagineses.
En el año 1100 a.C., los tirios, fenicios hegemónicos tras el oscurecimiento de Micenas, fundan Cádiz 80 años después de la caída de Troya, y nos dejan su religión en el templo a Melkart en la isla de Sancti Petris, en el sur, que los griegos dedican a Herakles y los romanos a Hércules, existentes aun en tiempos de Trajano y Adriano.
Con la superación de la cultura micénica en la Grecia continental, los griegos, impregnados de sus vecinos del Próximo Oriente y del cercano Egipto, empiezan a desarrollar su hegemonía del mar. A mediados del primer milenio a.C., construyen palacios y templos de infinita armonía, como el insuperable Partenón, lejos del titanismo de sus predecesores. Para entonces ya se había construido el Templo de Salomón por arquitectos fenicios, que ya habían dejado de epigrafiar sus monumentos con signos cuneiformes e inventado la escritura silábica, que adoptada por los griegos, éstos van a difundir por todo Occidente.
Se dice que sin el helenismo de Alejandro Magno, Europa tal como la conocemos hoy no hubiera existido. En efecto, las extensas conquistas del macedonio hacen posible la simbiosis de las grandes culturas del más cercano Oriente con las del todavía soñoliento despertar occidental. Con su temprana muerte desaparece su vasto y efímero imperio, repartido entre sus generales y amigos favoritos. Con la Eneida de la Magna Grecia en Italia, la cultura grecorromana va a imponerse hasta las orillas del Atlántico. Un imperio imperecedero en el tiempo, que territorialmente doblaba al anterior.
sábado, 20 de diciembre de 2008
ENDOGAMIA REAL FEMENINA HISPANO-PORTUGUESA
BRAGANZAS Y BORBONES
Después de la muerte de María Manuela, Felipe II, III y IV, miran más hacia las restantes casas reinantes europeas para elegir consortes. El nieto de la duquesa de Braganza que había cedido sus derechos de sucesión a la corona de Portugal a Felipe II, se casa con la duquesa de Medina Sidonia Luisa de Guzmán. Ésta renuncia a su ciudadanía española para devenir reina de Portugal, sin excluir la posible anexión de lo que siempre había estado en las miras del país hermano, el extremo occidental de Andalucía.
En 1637 Juan, VIII duque de Braganza, está al frente de las revueltas independentistas. En 1640, durante el reinado de Felipe IV y su valido el conde-duque de Olivares es reconocida la independencia y Juan IV es el primer rey de esta nueva y última dinastía que reinaría en Portugal.
Catalina de Braganza, hija de Juan IV y Luisa de Guzmán, se casa con Carlos II Estuardo de Inglaterra. La dote de ésta, Tánger, llave del imperio portugués en África, y Bombay en Oriente, pasan a Inglaterra, marcando con ello el declive del imperio portugués, principio del imperio británico.
La falta de herederos del último Austria español, Carlos II el Hechizado casado en primeras nupcias con María Luisa de Orleans, sobrina del rey Sol Luis XIV y de su hermanastra María Teresa de España, y en segundas con Mariana, hija de Felipe Guillermo de Neoburgo, desencadena con su muerte la guerra de sucesión. Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y María Teresa, inaugura en España la dinastía Borbónica a principios del siglo XVIII con el nombre de Felipe V. Casado con María Luisa Gabriela de Saboya, su hijo Fernando VI se casa con Bàrbara de Braganza, hija de Juan V de Portugal y la Archiduquesa Mariana de Austria hija del emperador Leopoldo I y Leonor de Neoburgo, hermana de Mariana reina de España y de Sofía casada con Pedro II de Portugal. María Ana Victoria, hija de Felipe V y su segunda esposa Isabel de Farnesio de Parma Baviera y Toscana, se casa con José I de Portugal.
A la muerte de su esposa, Fernando VI enloquece y muere un año después, satisfaciendo así las ambiciones maternales de Isabel de Farnesio, que ha visto también desaparecer al único Luis español, hermano de Fernando. Isabel ve en el trono de España a su hijo Carlos III, que tiene que renunciar a Sicilia y Nápoles en su hijo Fernando IV, luego I Dos Sicilias. De José I y María Ana Victoria hereda la corona su hija María I, casada con su tío Pedro III de Portugal. Su hija María se casa con su primo Gabriel, hijo de Carlos III y María Amalia de Sajonia. Ambos mueren muy jóvenes dejando un hijo, Pedro Carlos. Sucesor en España Carlos IV, su hija Carlota Joaquina se casa con Juan VI, regente por incapacidad mental de su madre María I. Su primogénita María Teresa princesa de Beira se casa en primeras nupcias con Pedro Carlos.
En 1807 la familia real portuguesa tiene que abandonar el país y exiliarse en Brasil, debido a la invasión de las tropas napoleónicas ayudadas por Godoy. Desde allí y en plena efervescencia la independencia de los países ibero americanos, Carlota reclama los territorios hispanos en nombre de su padre Carlos IV y de su hermano Fernando VII. Con la secesión del Uruguay de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la última princesa española, reina consorte de Portugal, tiene que desistir. Sus descendientes, Pedro IV y V, independientes ya de la península, se proclaman emperadores I y II de Brasil.
La segunda esposa de Fernando VII es su sobrina María Isabel de Braganza y Borbón. Su hermano Carlos María Isidro se casa con María Francisca y al enviudar, con la hermana viuda de ésta, María Teresa, princesa de Beira, que es el Principado de Asturias del país vecino. Carlos María Isidro aspira al trono de España, donde ha sido proclamada reina Isabel II, hija de Fernando VII y su última esposa María Cristina, hija de Francisco I de Nápoles y de su hermana María Isabel. Se declaran las guerras carlistas.
Con los asesinatos de Carlos I y el heredero Pedro, y el derrocamiento del que hubiese sido Manuel II, en la revolución de las Naranjas en 1910 la República es proclamada definitivamente en Portugal. Sus descendientes, reyes sin coronas como tantas otras casas reales europeas, siguen llamándose príncipes de Braganza.
Después de la muerte de María Manuela, Felipe II, III y IV, miran más hacia las restantes casas reinantes europeas para elegir consortes. El nieto de la duquesa de Braganza que había cedido sus derechos de sucesión a la corona de Portugal a Felipe II, se casa con la duquesa de Medina Sidonia Luisa de Guzmán. Ésta renuncia a su ciudadanía española para devenir reina de Portugal, sin excluir la posible anexión de lo que siempre había estado en las miras del país hermano, el extremo occidental de Andalucía.
En 1637 Juan, VIII duque de Braganza, está al frente de las revueltas independentistas. En 1640, durante el reinado de Felipe IV y su valido el conde-duque de Olivares es reconocida la independencia y Juan IV es el primer rey de esta nueva y última dinastía que reinaría en Portugal.
Catalina de Braganza, hija de Juan IV y Luisa de Guzmán, se casa con Carlos II Estuardo de Inglaterra. La dote de ésta, Tánger, llave del imperio portugués en África, y Bombay en Oriente, pasan a Inglaterra, marcando con ello el declive del imperio portugués, principio del imperio británico.
La falta de herederos del último Austria español, Carlos II el Hechizado casado en primeras nupcias con María Luisa de Orleans, sobrina del rey Sol Luis XIV y de su hermanastra María Teresa de España, y en segundas con Mariana, hija de Felipe Guillermo de Neoburgo, desencadena con su muerte la guerra de sucesión. Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y María Teresa, inaugura en España la dinastía Borbónica a principios del siglo XVIII con el nombre de Felipe V. Casado con María Luisa Gabriela de Saboya, su hijo Fernando VI se casa con Bàrbara de Braganza, hija de Juan V de Portugal y la Archiduquesa Mariana de Austria hija del emperador Leopoldo I y Leonor de Neoburgo, hermana de Mariana reina de España y de Sofía casada con Pedro II de Portugal. María Ana Victoria, hija de Felipe V y su segunda esposa Isabel de Farnesio de Parma Baviera y Toscana, se casa con José I de Portugal.
A la muerte de su esposa, Fernando VI enloquece y muere un año después, satisfaciendo así las ambiciones maternales de Isabel de Farnesio, que ha visto también desaparecer al único Luis español, hermano de Fernando. Isabel ve en el trono de España a su hijo Carlos III, que tiene que renunciar a Sicilia y Nápoles en su hijo Fernando IV, luego I Dos Sicilias. De José I y María Ana Victoria hereda la corona su hija María I, casada con su tío Pedro III de Portugal. Su hija María se casa con su primo Gabriel, hijo de Carlos III y María Amalia de Sajonia. Ambos mueren muy jóvenes dejando un hijo, Pedro Carlos. Sucesor en España Carlos IV, su hija Carlota Joaquina se casa con Juan VI, regente por incapacidad mental de su madre María I. Su primogénita María Teresa princesa de Beira se casa en primeras nupcias con Pedro Carlos.
En 1807 la familia real portuguesa tiene que abandonar el país y exiliarse en Brasil, debido a la invasión de las tropas napoleónicas ayudadas por Godoy. Desde allí y en plena efervescencia la independencia de los países ibero americanos, Carlota reclama los territorios hispanos en nombre de su padre Carlos IV y de su hermano Fernando VII. Con la secesión del Uruguay de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la última princesa española, reina consorte de Portugal, tiene que desistir. Sus descendientes, Pedro IV y V, independientes ya de la península, se proclaman emperadores I y II de Brasil.
La segunda esposa de Fernando VII es su sobrina María Isabel de Braganza y Borbón. Su hermano Carlos María Isidro se casa con María Francisca y al enviudar, con la hermana viuda de ésta, María Teresa, princesa de Beira, que es el Principado de Asturias del país vecino. Carlos María Isidro aspira al trono de España, donde ha sido proclamada reina Isabel II, hija de Fernando VII y su última esposa María Cristina, hija de Francisco I de Nápoles y de su hermana María Isabel. Se declaran las guerras carlistas.
Con los asesinatos de Carlos I y el heredero Pedro, y el derrocamiento del que hubiese sido Manuel II, en la revolución de las Naranjas en 1910 la República es proclamada definitivamente en Portugal. Sus descendientes, reyes sin coronas como tantas otras casas reales europeas, siguen llamándose príncipes de Braganza.
sábado, 13 de diciembre de 2008
ENDOGAMIA REAL FEMENINA HISPANO PORTUGUESA
REYES CATÓLICOS AFORTUNADO Y AUSTRIAS
Como poco antes con Pedro y Enrique, el asunto de La Beltraneja vuelve a dividir a Castilla en dos mitades rivales: portugueses gallegos leoneses y muchos castellanos son partidarios de la legítima heredera Juana. Entre estos el arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo, quien pronuncia la histórica frase: Yo saqué a Isabel de hilar y yo la volveré a la rueca. Pero no resultó profeta el arzobispo. Con los Reyes Católicos Castilla y Aragón empiezan a ser España. Sus descendientes van a copar todos los tronos europeos.
En su Testamento la enérgica Reina escribe: …quiero y es mi voluntad que los dichos Reinos de la Corona de Portugal hayan siempre de andar y anden juntos y unidos con los Reinos de la Corona de Castilla sin que jamás se puedan dividir ni apartar por ninguna causa que sea o ser pueda.
Tras el Tratado de Alcaçovas entre Alfonso V y su sucesor Juan II con los Reyes Católicos, su hija primogénita Isabel se desposa con el heredero príncipe Alfonso, quien muere a causa de una caída de caballo en Santarem. Vuelven a casar a Isabel con el primo de aquel, Manuel el Afortunado, hijo del duque Fernando de Viseo, padre del primogénito Diego, asesinado por su propio primo y cuñado Juan II casado con la hermana de ambos, Leonor. Acusado Diego de conspiración, traición y colaboración con los Reyes Católicos en el asunto de la Beltraneja, así como su otro cuñado Fernando, II duque de Braganza casado con la otra hermana, Isabel.
A Manuel el Afortunado, O Venturoso, dicen los portugueses, los numerosos asentamientos en África y Oriente, además de Brasil, lo hacen el monarca más rico de Europa. Isabel muere a causa del parto de su hijo Miguel, el heredero del imperio más grande del mundo, que muere también dos años después.
Los Reyes Católicos no desisten y casan a su hija María con el viudo de su hermana. De su numerosa descendencia, su hija Isabel se casa con su primo hermano Carlos I de España y V de Alemania, Emperador, ambos nietos de Isabel de Castilla y bisnietos de Isabel de Portugal. La tercera esposa del Afortunado es Leonor de Austria, primogénita de Juana la Loca y Felipe el Hermoso de Habsburgo, primer Austria español, descendiente de la princesa portuguesa Eleonora, casada con Federico III Emperador de Alemania, padres de Maximiliano I Emperador casado con María de Borgoña. Viuda ya de Manuel, Leonor se casará con Francisco I de Francia, el implacable rival de su hermano Carlos V por la hegemonía europea.
Contrariamente a las numerosas princesas y consortes hispano-portuguesas que al enviudar se refugian en la Corte de España o en conventos castellanos poblados de bastardas reales, María, hija del Afortunado y Leonor, se niega a salir de su tierra.
La esposa de Carlos V, Isabel, Reina de todas las Españas y Emperatriz consorte del Sacro Imperio Romano Germánico, cuya belleza reproducida por Tiziano nos sobrecoge por su serena majestad, ha sido elegida por su rica dote, pero nunca un matrimonio de Estado fuera mejor avenido. De este afortunado amor nace Felipe II, “el hijo de la portuguesa”, que a su vez se casa con su prima hermana María Manuela, hija de Juan III y Catalina de Austria, hermana pequeña del Emperador. María Manuela, la infanta ingenua y gordita, muere poco después, dejando un hijo díscolo, Carlos, el de la ópera de Verdi con texto de Schiller, que no llegará a reinar.
La hermana menor de Felipe II, Juana de Austria, se casa con el hijo de Juan III y Catalina, príncipe Juan Manuel heredero de Brasil, quien muere prematuramente. El hijo póstumo de ambos, Sebastián, queda al cuidado de sus abuelos en la corte de Portugal. Sebastián morirá en el intento de expansionismo en el norte de África, en la batalla de Alcazarquivir. Al enviudar, su madre Juana vuelve a España donde será gobernadora mientras su hermano Felipe anda por Inglaterra y su padre se retira en Yuste. Ambas hermanas, viudas, Juana de Portugal y María Emperatriz de Austria, acabarán sus dias en el monasterio de las Descalzas Reales, fundado por Juana, una vez asentado definitivamente en España Felipe II.
En 1580 muere Enrique el Cardenal, tío de Sebastián, que ha sido elegido rey. Felipe II reclama el trono por su madre la Emperatriz, y con la anuencia de la duquesa de Braganza, también nieta del Afortunado y María, Felipe culmina la ambición ancestral: la unión de los dos grandes imperios donde nunca se ponía el sol. Por entonces, y a su sombra, ya están surgiendo nuevos imperios que acabarán con los dos.
Como poco antes con Pedro y Enrique, el asunto de La Beltraneja vuelve a dividir a Castilla en dos mitades rivales: portugueses gallegos leoneses y muchos castellanos son partidarios de la legítima heredera Juana. Entre estos el arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo, quien pronuncia la histórica frase: Yo saqué a Isabel de hilar y yo la volveré a la rueca. Pero no resultó profeta el arzobispo. Con los Reyes Católicos Castilla y Aragón empiezan a ser España. Sus descendientes van a copar todos los tronos europeos.
En su Testamento la enérgica Reina escribe: …quiero y es mi voluntad que los dichos Reinos de la Corona de Portugal hayan siempre de andar y anden juntos y unidos con los Reinos de la Corona de Castilla sin que jamás se puedan dividir ni apartar por ninguna causa que sea o ser pueda.
Tras el Tratado de Alcaçovas entre Alfonso V y su sucesor Juan II con los Reyes Católicos, su hija primogénita Isabel se desposa con el heredero príncipe Alfonso, quien muere a causa de una caída de caballo en Santarem. Vuelven a casar a Isabel con el primo de aquel, Manuel el Afortunado, hijo del duque Fernando de Viseo, padre del primogénito Diego, asesinado por su propio primo y cuñado Juan II casado con la hermana de ambos, Leonor. Acusado Diego de conspiración, traición y colaboración con los Reyes Católicos en el asunto de la Beltraneja, así como su otro cuñado Fernando, II duque de Braganza casado con la otra hermana, Isabel.
A Manuel el Afortunado, O Venturoso, dicen los portugueses, los numerosos asentamientos en África y Oriente, además de Brasil, lo hacen el monarca más rico de Europa. Isabel muere a causa del parto de su hijo Miguel, el heredero del imperio más grande del mundo, que muere también dos años después.
Los Reyes Católicos no desisten y casan a su hija María con el viudo de su hermana. De su numerosa descendencia, su hija Isabel se casa con su primo hermano Carlos I de España y V de Alemania, Emperador, ambos nietos de Isabel de Castilla y bisnietos de Isabel de Portugal. La tercera esposa del Afortunado es Leonor de Austria, primogénita de Juana la Loca y Felipe el Hermoso de Habsburgo, primer Austria español, descendiente de la princesa portuguesa Eleonora, casada con Federico III Emperador de Alemania, padres de Maximiliano I Emperador casado con María de Borgoña. Viuda ya de Manuel, Leonor se casará con Francisco I de Francia, el implacable rival de su hermano Carlos V por la hegemonía europea.
Contrariamente a las numerosas princesas y consortes hispano-portuguesas que al enviudar se refugian en la Corte de España o en conventos castellanos poblados de bastardas reales, María, hija del Afortunado y Leonor, se niega a salir de su tierra.
La esposa de Carlos V, Isabel, Reina de todas las Españas y Emperatriz consorte del Sacro Imperio Romano Germánico, cuya belleza reproducida por Tiziano nos sobrecoge por su serena majestad, ha sido elegida por su rica dote, pero nunca un matrimonio de Estado fuera mejor avenido. De este afortunado amor nace Felipe II, “el hijo de la portuguesa”, que a su vez se casa con su prima hermana María Manuela, hija de Juan III y Catalina de Austria, hermana pequeña del Emperador. María Manuela, la infanta ingenua y gordita, muere poco después, dejando un hijo díscolo, Carlos, el de la ópera de Verdi con texto de Schiller, que no llegará a reinar.
La hermana menor de Felipe II, Juana de Austria, se casa con el hijo de Juan III y Catalina, príncipe Juan Manuel heredero de Brasil, quien muere prematuramente. El hijo póstumo de ambos, Sebastián, queda al cuidado de sus abuelos en la corte de Portugal. Sebastián morirá en el intento de expansionismo en el norte de África, en la batalla de Alcazarquivir. Al enviudar, su madre Juana vuelve a España donde será gobernadora mientras su hermano Felipe anda por Inglaterra y su padre se retira en Yuste. Ambas hermanas, viudas, Juana de Portugal y María Emperatriz de Austria, acabarán sus dias en el monasterio de las Descalzas Reales, fundado por Juana, una vez asentado definitivamente en España Felipe II.
En 1580 muere Enrique el Cardenal, tío de Sebastián, que ha sido elegido rey. Felipe II reclama el trono por su madre la Emperatriz, y con la anuencia de la duquesa de Braganza, también nieta del Afortunado y María, Felipe culmina la ambición ancestral: la unión de los dos grandes imperios donde nunca se ponía el sol. Por entonces, y a su sombra, ya están surgiendo nuevos imperios que acabarán con los dos.
sábado, 6 de diciembre de 2008
ENDOGAMIA REAL FEMENINA HISPANO-PORTUGUESA
TRASTÁMARAS Y AVIS
Enrique II, llamado Trastámara por haber sido criado por el conde de este nombre, pariente suyo, que a su vez debió tomarlo del lugar tras el río Támara, separación entre Castilla y Aragón acordada por Urraca de León y Castilla y su segundo esposo, el misógino templario Alfonso I el Batallador rey de Aragón, en cuya anulación también intervino el Papa.
Enrique II de Castilla y Pedro I de Portugal estaban casados respectivamente con Juana y Constanza Manuel, hijas del escritor. Al hijo de Pedro, Fernando I, los pedristas o emperegilados, en mención de Pero Gil, de alguna forma inmiscuido en la historia, le ofrecen el trono de Castilla y ataca por el valle del Guadalquivir. Enrique llega hasta Lisboa. Se firma la paz con el matrimonio de Juan I hijo de Enrique, y Beatriz, única heredera de Fernando y Leonor Téllez, descendiente de otro de los hijos de Leonor de Guzmán. A la muerte de Fernando en 1383, Juan I invade Portugal defendiendo los derechos de su esposa a la corona.
Pasando por alto a los hijos de su padre Pedro I y de Inés de Castro, Juan y Dionis, Fernando ha dejado al frente de sus tropas a su otro hermanastro, hijo de Teresa Lorenzo, Juan, Maestre de Avis, a su vez aliado con Juan de Gante duque de Lancaster, casado con Constanza, hija de Pedro el Cruel y María de Padilla, que también defiende los derechos de su esposa a la corona de Castilla y León.
Tras la derrota castellana de Aljubarrota en 1385, el hijo ilegítimo de Teresa Lorenzo es proclamado Juan I de Portugal. Con sincronismo de hermanos siameses Castilla y Portugal inauguran dinastías bastardas. Por el momento Juan I olvida la anexión de Portugal, casa a su hijo Enrique III con Catalina de Lancaster e instituye el Principado de Asturias en 1388.
Su hermanastra Felipa, así nombrada por su abuela paterna Felipa de Hainout madre del duque de Lancaster casado primeramente con Blanca de Francia, madre de Felipa y Enrique IV de Inglaterra, está casada con Juan de Avis. Reivindicación histórica: la nieta de Pedro el Cruel es reina de España como su hermanastra Felipa lo es de Portugal.
A Juan I de Avis le sigue su hijo Duarte I, así llamado por Felipa por su abuelo Eduardo III de Inglaterra padre del duque Juan de Gante. Duarte se casa con Leonor de Aragón, hija de Fernando de Antequera y Leonor la Ricahembra, descendiente de otro de los hijos bastardos de Alfonso XI y Leonor de Guzmán, Sancho de Albuquerque, casado con Beatriz, hija también de Pedro I e Inés.
Uno de los hijos de Juan de Avis y Felipa de Lancaster, Enrique el Navegante, va a desplegar el imperio naval portugués, base del imperio español de Ultramar. Su estatua sedente en Lagos, Algarbe portugués, otea el océano desde allá.
Del primer matrimonio de Juan II de Castilla y María, hija de Fernando I Trastámara y Leonor de Albuquerque, reyes de Aragón, nace Enrique IV. En segundas nupcias con Isabel de Portugal nace Isabel, descendiente de Juan de Avis y su unión con Inés Pérez Estevez por línea materna, origen de los condados y ducados de Barcelos Braganza, y de Juan duque de Beja, hijo legítimo de Juan de Avis y Felipa Lancaster por línea paterna, lo que hace a Isabel la Católica, nieta de Catalina de Castilla, una Lancarter por ambas ascendencias. A la muerte de su esposo Juan II, poco después de haber sido ajusticiado su valido Álvaro de Luna, Isabel enloquece y es recluida en Arévalo al cuidado de su hija.
Enrique IV ha repudiado a su esposa Blanca de Navarra en un matrimonio no consumado, y se casa con la princesa Juana, hermana de Alfonso V de Portugal, ambos hijos de Duarte y Leonor de Aragón. A Juana, que según los castellanos es descocada, se la relaciona con Beltrán de la Cueva Albuquerque, duque de Úbeda, a quien se le achaca la paternidad de la princesa Juana, nacida en Toledo en 1462. Motejada Beltraneja en una de las más sórdidas intrigas de sus tiempos, cuando desafortunadamente no existían las pruebas genéticas.
Mientras tanto Isabel se ha casado con su primo Fernando de Aragón. Alfonso V penetra en Castilla defendiendo los derechos de su sobrina a la corona, llegando hasta Toro y Zamora, feudos tradicionales de las infantas hispano-portuguesas, como Urraca y Elvira, hermanas de Alfonso VI, y Sancha y Dulce, hermanastras de Fernando III. Alfonso es derrotado por los Reyes Católicos. Juana rechaza el matrimonio propuesto por éstos con su hijo Juan, negándose a ser reina consorte cuando finalmente ha sido reconocida por su padre o no, heredera legítima.
Por razones de Estado se la desposa con su tío Alfonso V en un matrimonio virtual, y finalmente es recluida en un convento en Coimbra, donde después de haber sobrevivido a tantos contrincantes, muere en 1530, sin haber jamás dejado de firmarse : Juana, Reina de León y Castilla.
Con Enrique IV el Impotente, y el Débil, se le debía haber apodado doblemente como a sus antepasados Pedro y Enrique, se extingue en España el orden numérico de los Enriques, como en Inglaterra con el VIII. Los gloriosos Alfonsos alcanzan hasta el XIII, los Fernandos hasta el VII y los Felipes hasta el V, por ahora.
Enrique II, llamado Trastámara por haber sido criado por el conde de este nombre, pariente suyo, que a su vez debió tomarlo del lugar tras el río Támara, separación entre Castilla y Aragón acordada por Urraca de León y Castilla y su segundo esposo, el misógino templario Alfonso I el Batallador rey de Aragón, en cuya anulación también intervino el Papa.
Enrique II de Castilla y Pedro I de Portugal estaban casados respectivamente con Juana y Constanza Manuel, hijas del escritor. Al hijo de Pedro, Fernando I, los pedristas o emperegilados, en mención de Pero Gil, de alguna forma inmiscuido en la historia, le ofrecen el trono de Castilla y ataca por el valle del Guadalquivir. Enrique llega hasta Lisboa. Se firma la paz con el matrimonio de Juan I hijo de Enrique, y Beatriz, única heredera de Fernando y Leonor Téllez, descendiente de otro de los hijos de Leonor de Guzmán. A la muerte de Fernando en 1383, Juan I invade Portugal defendiendo los derechos de su esposa a la corona.
Pasando por alto a los hijos de su padre Pedro I y de Inés de Castro, Juan y Dionis, Fernando ha dejado al frente de sus tropas a su otro hermanastro, hijo de Teresa Lorenzo, Juan, Maestre de Avis, a su vez aliado con Juan de Gante duque de Lancaster, casado con Constanza, hija de Pedro el Cruel y María de Padilla, que también defiende los derechos de su esposa a la corona de Castilla y León.
Tras la derrota castellana de Aljubarrota en 1385, el hijo ilegítimo de Teresa Lorenzo es proclamado Juan I de Portugal. Con sincronismo de hermanos siameses Castilla y Portugal inauguran dinastías bastardas. Por el momento Juan I olvida la anexión de Portugal, casa a su hijo Enrique III con Catalina de Lancaster e instituye el Principado de Asturias en 1388.
Su hermanastra Felipa, así nombrada por su abuela paterna Felipa de Hainout madre del duque de Lancaster casado primeramente con Blanca de Francia, madre de Felipa y Enrique IV de Inglaterra, está casada con Juan de Avis. Reivindicación histórica: la nieta de Pedro el Cruel es reina de España como su hermanastra Felipa lo es de Portugal.
A Juan I de Avis le sigue su hijo Duarte I, así llamado por Felipa por su abuelo Eduardo III de Inglaterra padre del duque Juan de Gante. Duarte se casa con Leonor de Aragón, hija de Fernando de Antequera y Leonor la Ricahembra, descendiente de otro de los hijos bastardos de Alfonso XI y Leonor de Guzmán, Sancho de Albuquerque, casado con Beatriz, hija también de Pedro I e Inés.
Uno de los hijos de Juan de Avis y Felipa de Lancaster, Enrique el Navegante, va a desplegar el imperio naval portugués, base del imperio español de Ultramar. Su estatua sedente en Lagos, Algarbe portugués, otea el océano desde allá.
Del primer matrimonio de Juan II de Castilla y María, hija de Fernando I Trastámara y Leonor de Albuquerque, reyes de Aragón, nace Enrique IV. En segundas nupcias con Isabel de Portugal nace Isabel, descendiente de Juan de Avis y su unión con Inés Pérez Estevez por línea materna, origen de los condados y ducados de Barcelos Braganza, y de Juan duque de Beja, hijo legítimo de Juan de Avis y Felipa Lancaster por línea paterna, lo que hace a Isabel la Católica, nieta de Catalina de Castilla, una Lancarter por ambas ascendencias. A la muerte de su esposo Juan II, poco después de haber sido ajusticiado su valido Álvaro de Luna, Isabel enloquece y es recluida en Arévalo al cuidado de su hija.
Enrique IV ha repudiado a su esposa Blanca de Navarra en un matrimonio no consumado, y se casa con la princesa Juana, hermana de Alfonso V de Portugal, ambos hijos de Duarte y Leonor de Aragón. A Juana, que según los castellanos es descocada, se la relaciona con Beltrán de la Cueva Albuquerque, duque de Úbeda, a quien se le achaca la paternidad de la princesa Juana, nacida en Toledo en 1462. Motejada Beltraneja en una de las más sórdidas intrigas de sus tiempos, cuando desafortunadamente no existían las pruebas genéticas.
Mientras tanto Isabel se ha casado con su primo Fernando de Aragón. Alfonso V penetra en Castilla defendiendo los derechos de su sobrina a la corona, llegando hasta Toro y Zamora, feudos tradicionales de las infantas hispano-portuguesas, como Urraca y Elvira, hermanas de Alfonso VI, y Sancha y Dulce, hermanastras de Fernando III. Alfonso es derrotado por los Reyes Católicos. Juana rechaza el matrimonio propuesto por éstos con su hijo Juan, negándose a ser reina consorte cuando finalmente ha sido reconocida por su padre o no, heredera legítima.
Por razones de Estado se la desposa con su tío Alfonso V en un matrimonio virtual, y finalmente es recluida en un convento en Coimbra, donde después de haber sobrevivido a tantos contrincantes, muere en 1530, sin haber jamás dejado de firmarse : Juana, Reina de León y Castilla.
Con Enrique IV el Impotente, y el Débil, se le debía haber apodado doblemente como a sus antepasados Pedro y Enrique, se extingue en España el orden numérico de los Enriques, como en Inglaterra con el VIII. Los gloriosos Alfonsos alcanzan hasta el XIII, los Fernandos hasta el VII y los Felipes hasta el V, por ahora.
domingo, 30 de noviembre de 2008
ENDOGAMIA REAL FEMENINA HISPANO-PORTUGUESA
DE SAN FERNANDO A LEONOR DE GUZMÁN
Con la unión de Castilla y León Fernando III da un gran impulso a la reconquista posesionándose de innumerables plazas fuertes e importantes ciudades andaluzas, entre ellas Jaén Córdoba y Alcalá de Guadaíra, donde sienta sus reales y acomete la toma de Sevilla, que ocurre dos años después, en 1248.
Aragoneses castellanos y portugueses continúan avanzando por los territorios musulmanes del sur: Murcia, Coimbra Cintra Lisboa Évora Mérida Badajoz, y el Algarbe, cedido por Sancho II de Portugal a Fernando III, casado con Beatriz de Suabia de la casa imperial Hohenstaufen, descendiente del emperador Federico II. Beatriz, su nieta, primogénita ilegítima de Alfonso X y Mayor Pérez de Guzmán, se casa con Alfonso III de Portugal tras la guerra por el Algarbe. Ya viuda recibe de su padre el condado fronterizo de Niebla Ayamonte Gibraleón Huelva, y otros territorios indefinidos del suroeste hispano-portugués.
Dionis, bisnieto de Fernando III por Beatriz, se casa con Isbel, hija de Pedro III de Aragón y Constanza de Suabia y Sicilia, santa como Fernando de Castilla Luis de Francia y Santa Isabel de Hungría, sus parientes. En este reinado queda
configurado lo que hoy es el territorio portugués.
Del matrimonio Dionis-Isabel, Constanza se casa con Fernando IV de Castilla, y su hermana Beatriz, ambos hijos de Sancho IV y María de Molina, con el hermano de aquella, Alfonso IV. La hija de éstos, Leonor, se casa con Pedro IV de Aragón y muere al año siguiente en Teruel afectada de la peste, sin dejar descendencia. De Constanza y Fernando nace Alfonso XI, quien rechaza el matrimonio con Constanza, hija de su tío Don Juan Manuel, el insigne escritor. Constanza Manuel se casará con Pedro I de Portugal. Un infausto matrimonio, porque éste se enamora de la dama de honor de la Reina, la Inés de Castro del romance.
Constanza muere de amor no correspondido, supuestamente envenenada por su suegro Alfonso IV, el hijo de la Santa. Desde el más allá, la muy desgraciada en amores, Constanza, tendrá que ver proclamada reina después de muerta a su rival, asesinada por el pueblo vengador.
María, hija de Alfonso IV, se casa con Alfonso XI, a quien da su único hijo legítimo, Pedro. Su hermana Leonor se ha casado con el viudo Alfonso IV de Aragón y va a ser madrastra de Pedro IV, culpable de la muerte de uno de sus hijos, Fernando, casado con María, hermana de Fernando I de Portugal, hija de Constanza. Su otro hijo, Juan, y ella misma, van a caer en Castrojeriz entre las venganzas de su sobrino Pedro el Cruel, aliado con su hijastro Pedro IV, hijo de Alfonso IV de Aragón y su primera esposa Teresa Entenza, descendiente de los condes portugueses de Urgell por Jaime II de Aragón.
Como tantas veces en la Historia, este caso es un calco de su antepasada Leonor de Castilla, hija de Alfonso VIII y Leonor Plantagenet, casada con Jaime I de Aragón, cuyo segundo matrimonio con Yolanda, hija de Andrés II, padre también de Santa Isabel de Hungría, llevan a la primera esposa a recluirse en el monasterio de Las Huelgas, recién fundado por sus padres, tras el exterminio de su hijo Alfonso, heredero de Aragón, por su hermanastro Pedro III.
Leonor de Guzmán, descendiente de los más altos linajes andaluces, Pérez de Guzmán y Ponce de León, va a dar a Alfonso XI una camada de hijos ilegítimos. La reina María vive con su hijo en el alcázar sevillano, y Leonor entre sus feudos de Medina Sidonia y Alcalá de Guadaíra, donación del Rey, donde supuestamente nacen algunos de sus hijos. Aquí, un instituto de enseñanza media lleva su nombre de matriarca de la nueva dinastía que se va a imponer en Castilla, que con Isabel la Católica va a constituir la España que con el descubrimiento de América va a ser las Españas.
Con la muerte de Alfonso XI cerca de la recién conquistada Algeciras, durante la peste negra de 1350, la reina legítima hace encarcelar a Leonor, que muere ajusticiada en Talavera de la Reina. En nombre de su legitimidad, Pedro desata una oleada de crímenes o ejecuciones contra los conspiradores, que le consiguen para la historia el apelativo de Cruel o Justiciero, según cada uno de los bandos en que se ha dividido Castilla, a punto de una guerra civil, que estalla cuando su hermanastro Enrique se proclama rey en el monasterio de las Huelgas. Aliado con Francia, el bretón Beltrán Duguesclin da muerte a Pedro en el sitio de Montiel, en 1369. Enrique usurpa el trono, y, como su hermanastro, pasa a la historia con el doble apelativo ominoso de Bastardo y Fratricida.
Con la unión de Castilla y León Fernando III da un gran impulso a la reconquista posesionándose de innumerables plazas fuertes e importantes ciudades andaluzas, entre ellas Jaén Córdoba y Alcalá de Guadaíra, donde sienta sus reales y acomete la toma de Sevilla, que ocurre dos años después, en 1248.
Aragoneses castellanos y portugueses continúan avanzando por los territorios musulmanes del sur: Murcia, Coimbra Cintra Lisboa Évora Mérida Badajoz, y el Algarbe, cedido por Sancho II de Portugal a Fernando III, casado con Beatriz de Suabia de la casa imperial Hohenstaufen, descendiente del emperador Federico II. Beatriz, su nieta, primogénita ilegítima de Alfonso X y Mayor Pérez de Guzmán, se casa con Alfonso III de Portugal tras la guerra por el Algarbe. Ya viuda recibe de su padre el condado fronterizo de Niebla Ayamonte Gibraleón Huelva, y otros territorios indefinidos del suroeste hispano-portugués.
Dionis, bisnieto de Fernando III por Beatriz, se casa con Isbel, hija de Pedro III de Aragón y Constanza de Suabia y Sicilia, santa como Fernando de Castilla Luis de Francia y Santa Isabel de Hungría, sus parientes. En este reinado queda
configurado lo que hoy es el territorio portugués.
Del matrimonio Dionis-Isabel, Constanza se casa con Fernando IV de Castilla, y su hermana Beatriz, ambos hijos de Sancho IV y María de Molina, con el hermano de aquella, Alfonso IV. La hija de éstos, Leonor, se casa con Pedro IV de Aragón y muere al año siguiente en Teruel afectada de la peste, sin dejar descendencia. De Constanza y Fernando nace Alfonso XI, quien rechaza el matrimonio con Constanza, hija de su tío Don Juan Manuel, el insigne escritor. Constanza Manuel se casará con Pedro I de Portugal. Un infausto matrimonio, porque éste se enamora de la dama de honor de la Reina, la Inés de Castro del romance.
Constanza muere de amor no correspondido, supuestamente envenenada por su suegro Alfonso IV, el hijo de la Santa. Desde el más allá, la muy desgraciada en amores, Constanza, tendrá que ver proclamada reina después de muerta a su rival, asesinada por el pueblo vengador.
María, hija de Alfonso IV, se casa con Alfonso XI, a quien da su único hijo legítimo, Pedro. Su hermana Leonor se ha casado con el viudo Alfonso IV de Aragón y va a ser madrastra de Pedro IV, culpable de la muerte de uno de sus hijos, Fernando, casado con María, hermana de Fernando I de Portugal, hija de Constanza. Su otro hijo, Juan, y ella misma, van a caer en Castrojeriz entre las venganzas de su sobrino Pedro el Cruel, aliado con su hijastro Pedro IV, hijo de Alfonso IV de Aragón y su primera esposa Teresa Entenza, descendiente de los condes portugueses de Urgell por Jaime II de Aragón.
Como tantas veces en la Historia, este caso es un calco de su antepasada Leonor de Castilla, hija de Alfonso VIII y Leonor Plantagenet, casada con Jaime I de Aragón, cuyo segundo matrimonio con Yolanda, hija de Andrés II, padre también de Santa Isabel de Hungría, llevan a la primera esposa a recluirse en el monasterio de Las Huelgas, recién fundado por sus padres, tras el exterminio de su hijo Alfonso, heredero de Aragón, por su hermanastro Pedro III.
Leonor de Guzmán, descendiente de los más altos linajes andaluces, Pérez de Guzmán y Ponce de León, va a dar a Alfonso XI una camada de hijos ilegítimos. La reina María vive con su hijo en el alcázar sevillano, y Leonor entre sus feudos de Medina Sidonia y Alcalá de Guadaíra, donación del Rey, donde supuestamente nacen algunos de sus hijos. Aquí, un instituto de enseñanza media lleva su nombre de matriarca de la nueva dinastía que se va a imponer en Castilla, que con Isabel la Católica va a constituir la España que con el descubrimiento de América va a ser las Españas.
Con la muerte de Alfonso XI cerca de la recién conquistada Algeciras, durante la peste negra de 1350, la reina legítima hace encarcelar a Leonor, que muere ajusticiada en Talavera de la Reina. En nombre de su legitimidad, Pedro desata una oleada de crímenes o ejecuciones contra los conspiradores, que le consiguen para la historia el apelativo de Cruel o Justiciero, según cada uno de los bandos en que se ha dividido Castilla, a punto de una guerra civil, que estalla cuando su hermanastro Enrique se proclama rey en el monasterio de las Huelgas. Aliado con Francia, el bretón Beltrán Duguesclin da muerte a Pedro en el sitio de Montiel, en 1369. Enrique usurpa el trono, y, como su hermanastro, pasa a la historia con el doble apelativo ominoso de Bastardo y Fratricida.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
ENDOGAMIA REAL FEMENINA HISPANO-PORTUGUESA
Este seguimiento por línea dinástica femenina viene a paliar la misoginia de que adolece la historia.
LA PIEL DE TORO
Madre Gea configuró las fronteras naturales de esta península entre el erupto pirenaico y el estrecho de Gibraltar. Tras el eslabón perdido en la historia de la civilización desde el paleolítico hasta la aparición de las grandes culturas humanas, unos sabios griegos la percibieron como una piel de toro, testuz en el Pirineo, cola en el Peñón, finisterre del mundo hasta entonces conocido.
Iberia llamaron a esta unidad fisiográfica: los mismos sistemas montañosos la erizan, las mismas vías fluviales riegan su territorio. Desde Atapuerca hasta las Cuevas de Altamira, idénticas etnias la poblaron, los mismos héroes autóctonos la defendieron. Gerión y las Columnas de Hércules al sur, el reino de Argantonio. El oro y la plata de Tartessos atrajeron a industriosos fenicios, griegos pensadores y artistas, belicosos cartaginenses, imperialistas romanos y godos romanizados.
Leovigildo la organiza como Estados articulados. Recaredo, al abjurar del arrianismo contribuye a la universalización del cristianismo católico romano, que ya había disipado los ritos celtas del norte y los animistas del sur, con sus diosas de la Fertilidad, Damas de Baza y de Elche, y las Oferentes del Cerro de los Santos.
Todos estos advenedizos van tirando líneas divisorias en Celtiberia: Citerior y Ulterior, Tarraconense Cartaginense, Bética Lusitania Gaélica. Hispania, reino de Toledo. Los árabes traen la nueva y tercera rama de la religión adámica y aquí se asientan para permanecer durante ocho siglos.
Recluidos en las crestas de Cantabria los godos inician su reconquista: un arduo tejer y destejer en una resistente tela de Penélope. El diminuto reino de Oviedo se convierte en reino de León, que abarca también tierras de Galicia y del norte de Portugal. De la dinastía vasco-navarra nace Castilla, que junto con los reinos de Aragón y Levante avanzan al unísono hacia Al-Andalus meridional, ganando terreno a los invasores musulmanes, que en oleadas victoriosas incursionan en territorios cristianos, cuyas fronteras fluctúan hacia acá o hacia allá, mediante conquistas armadas entre sus propios reinos o matrimonios concertados. A veces ambas mitades peninsulares luchan entre sí, olvidando al enemigo común, incluso pactando con ellos.
Al final del primer milenio de nuestra era, Almanzor recorre triunfalmente la península. Llega a Compostela y se trae a Córdoba puertas y campanas del primer templo de la cristiandad occidental. Esto unifica a los reyes cristianos en un objetivo común. La reconquista es un hecho imparable ya.
LA PIEL DE TORO
Madre Gea configuró las fronteras naturales de esta península entre el erupto pirenaico y el estrecho de Gibraltar. Tras el eslabón perdido en la historia de la civilización desde el paleolítico hasta la aparición de las grandes culturas humanas, unos sabios griegos la percibieron como una piel de toro, testuz en el Pirineo, cola en el Peñón, finisterre del mundo hasta entonces conocido.
Iberia llamaron a esta unidad fisiográfica: los mismos sistemas montañosos la erizan, las mismas vías fluviales riegan su territorio. Desde Atapuerca hasta las Cuevas de Altamira, idénticas etnias la poblaron, los mismos héroes autóctonos la defendieron. Gerión y las Columnas de Hércules al sur, el reino de Argantonio. El oro y la plata de Tartessos atrajeron a industriosos fenicios, griegos pensadores y artistas, belicosos cartaginenses, imperialistas romanos y godos romanizados.
Leovigildo la organiza como Estados articulados. Recaredo, al abjurar del arrianismo contribuye a la universalización del cristianismo católico romano, que ya había disipado los ritos celtas del norte y los animistas del sur, con sus diosas de la Fertilidad, Damas de Baza y de Elche, y las Oferentes del Cerro de los Santos.
Todos estos advenedizos van tirando líneas divisorias en Celtiberia: Citerior y Ulterior, Tarraconense Cartaginense, Bética Lusitania Gaélica. Hispania, reino de Toledo. Los árabes traen la nueva y tercera rama de la religión adámica y aquí se asientan para permanecer durante ocho siglos.
Recluidos en las crestas de Cantabria los godos inician su reconquista: un arduo tejer y destejer en una resistente tela de Penélope. El diminuto reino de Oviedo se convierte en reino de León, que abarca también tierras de Galicia y del norte de Portugal. De la dinastía vasco-navarra nace Castilla, que junto con los reinos de Aragón y Levante avanzan al unísono hacia Al-Andalus meridional, ganando terreno a los invasores musulmanes, que en oleadas victoriosas incursionan en territorios cristianos, cuyas fronteras fluctúan hacia acá o hacia allá, mediante conquistas armadas entre sus propios reinos o matrimonios concertados. A veces ambas mitades peninsulares luchan entre sí, olvidando al enemigo común, incluso pactando con ellos.
Al final del primer milenio de nuestra era, Almanzor recorre triunfalmente la península. Llega a Compostela y se trae a Córdoba puertas y campanas del primer templo de la cristiandad occidental. Esto unifica a los reyes cristianos en un objetivo común. La reconquista es un hecho imparable ya.
viernes, 21 de noviembre de 2008
LAS MIL Y UNA NOCHES EN LA LITERATURA OCCIDENTAL
LUTERO Y GOETHE
Sin olvidar al dios Wotan de su mitología celta y germánica ni sus ritos ancestrales de magia y nigromancia, los bárbaros del norte se hicieron cristianos y cambiaron su Walhalla por el Paraíso. Con Alarico en Roma, los visigodos traen a España el Tesoro de Toledo: la Mesa de Salomón. Desaparecido Carlomagno, el papa Juan XII corona emperador del Sacro Imperio Romano Germánico a Otón I. Le siguen Otón II, III y IV, etc. Con el primer Staufen, Federico Barbarroja, los emperadores germanos van a presentar una sistemática oposición al papado, que los castiga con la excomunión; lo que va a desembocar en los bandos de güelfos y gibelinos. Su nieto Federico II, Juliano el Apóstata de Occidente, es tolerante con judíos y musulmanes, como lo eran las dinastías occitana castellana y aragonesa. Se les acusa de ser demasiado benévolas con los infieles y de estar imbuidos en prácticas de magia y cultos orientales.
Decrecido el poder de la segunda Roma, Constantinopla, los longobardos habían creado la tercera Roma en Milán. En sus territorios se erigen catedrales románicas, abadías y monasterios donde pacientes y hábiles amanuenses copian códices y pergaminos en letra gótica, incrustados en oro, plata y piedras preciosas. El más famoso de ellos el Carmina burana del siglo XIII del monasterio de Saint Gall, Suiza.
Ostrogodos y visigodos hablaban el latín carolingio. El documento más antiguo en alemán culto saxón-franco-renano es el Cantar de Hildebrand, del siglo VIII, que narra las luchas primitivas tribales. El Cantar de los Nibelungos es la gesta de los Burgundios contra Atila, que finalmente consigue asentarse en las llanuras del Danubio, recogido de la tradición oral, ya en tiempos del Cantar de Roldán y del Mío Cid.
A partir de Chrètien de Troyes, Gottfried de Estrasburgo rescribe el Tristán e Isolda, y Wolfram von Eschenbach hace su versión de Parsifal. En el siglo XV Guttemberg de Maguncia pragmatiza la imprenta, cuyos rudimentos ya habían sido inventados por los chinos. Martín Lutero traduce la Biblia al alemán, que publica en la recién estrenada imprenta, en 1534. Y como el Corán de Mahoma para los musulmanes, esta Biblia es el vehículo que aúna todas las lenguas vernáculas germanas. Ya existía una Biblia del siglo VIII, pero Lutero no había visto ninguna hasta que no ingresó en el monasterio agustino de Erfurt.
La sobriedad natural de las razas germanas, y por derivación su puritanismo adquirido, es poco dado a las licenciosas exuberancias de Las mil y una noches, contrariamente a Boccaccio y Chaucer. Sólo he encontrado unos versos del clérigo Ulrico von Hutten, germanizante y contemporáneo de Lutero, recriminando la corrupción del clero, su atraso e hipocresía, concordando con Dante en que todos los clérigos deberían estar en el infierno.
Lutero promociona los cantos litúrgicos en las ya existentes Escuelas de los Maestros Cantores, evolucionadas de los “minnesang” o cantos de amor trovadorescos de la edad media, que se extienden por todos los territorios de habla germana, desde Luxemburgo a Viena Zürích Estrasburgo Lausanne Leipzig, etc. Estos cantos, plenos de una profunda espiritualidad, nos van a dar a un Wagner, el Shakespeare de la historia musicalizada del germanismo, y canciones de navidad como el Oh Tannenbaum y el Noche de paz, noche de amor, de nuestros tiempos.
Tan tardíamente como el siglo XVIII, Johann Wolfgang von Goethe, con su monumental obra del Fausto sienta las bases del alemán moderno. De todas las versiones, me gustaría conocer el Fausto original maniqueo, del que nos habla San Agustín.
Como los emperadores romano-germánicos, y Hitler después, en su viaje a Italia Goethe queda fascinado por esa tierra “donde florece el limonero”. Y como dice su contemporáneo y amigo, el Barón von Humboldt, el mundo simbólico de Goethe no se puede entender sin tener en cuenta su adhesión a la logia masónica teutona en 1780. Seguramente habría leído La metamorfosis, de Ovidio. En su obra sobre el Doctor Fausto, Goethe nos lleva a las esferas celestes de la Divina Comedia, como ésta, laica, aconfesional y universal, aunque ambas entroncadas en la cosmovisión judeocristiana. Con sumo respeto, Goethe denomina “libros inspirados por el Espíritu Santo” a todos aquellos que constituyen el acervo común de la sabiduría humana.
En boca de Mefistófeles, recomienda al estudiante que “se afanase `por escribir como si le estuviera dictando el Espíritu Santo”. En su mundo mitológico ancestral germano de faunos genios sátiros ninfas fantasmas y brujas, y de simbolismo masónico, insinúa recetas de alquimia, habla de probetas redomas y retortas, de seres de luz, de los ángeles de fuego del amor; y del éter, después teorizado por Einstein. Hombre de Estado en la corte prerrepublicana de Weimar, en 1808 se entrevista con Napoleón en su paso devastador por Alemania.
En su tardío Renacimiento, la lengua alemana es la depositaria de la filosofía clásica griega y de la ciencia del imperio musulmán. Nietzsche escribe Así hablaba Zaratustra donde cita el ocaso de los dioses Todo está preparado para la revolución de Karl Marx. En 1922 se impone como himno nacional prenazi, música compuesta mucho antes por Haydn y recreada junto con la letra por August Heinrich Hoffman, el polémico Deutschland Deutschland über alles.
Ponencia presentada en el IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia en el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert. Diputación Provincial de Alicante. Elche 2002.
Sin olvidar al dios Wotan de su mitología celta y germánica ni sus ritos ancestrales de magia y nigromancia, los bárbaros del norte se hicieron cristianos y cambiaron su Walhalla por el Paraíso. Con Alarico en Roma, los visigodos traen a España el Tesoro de Toledo: la Mesa de Salomón. Desaparecido Carlomagno, el papa Juan XII corona emperador del Sacro Imperio Romano Germánico a Otón I. Le siguen Otón II, III y IV, etc. Con el primer Staufen, Federico Barbarroja, los emperadores germanos van a presentar una sistemática oposición al papado, que los castiga con la excomunión; lo que va a desembocar en los bandos de güelfos y gibelinos. Su nieto Federico II, Juliano el Apóstata de Occidente, es tolerante con judíos y musulmanes, como lo eran las dinastías occitana castellana y aragonesa. Se les acusa de ser demasiado benévolas con los infieles y de estar imbuidos en prácticas de magia y cultos orientales.
Decrecido el poder de la segunda Roma, Constantinopla, los longobardos habían creado la tercera Roma en Milán. En sus territorios se erigen catedrales románicas, abadías y monasterios donde pacientes y hábiles amanuenses copian códices y pergaminos en letra gótica, incrustados en oro, plata y piedras preciosas. El más famoso de ellos el Carmina burana del siglo XIII del monasterio de Saint Gall, Suiza.
Ostrogodos y visigodos hablaban el latín carolingio. El documento más antiguo en alemán culto saxón-franco-renano es el Cantar de Hildebrand, del siglo VIII, que narra las luchas primitivas tribales. El Cantar de los Nibelungos es la gesta de los Burgundios contra Atila, que finalmente consigue asentarse en las llanuras del Danubio, recogido de la tradición oral, ya en tiempos del Cantar de Roldán y del Mío Cid.
A partir de Chrètien de Troyes, Gottfried de Estrasburgo rescribe el Tristán e Isolda, y Wolfram von Eschenbach hace su versión de Parsifal. En el siglo XV Guttemberg de Maguncia pragmatiza la imprenta, cuyos rudimentos ya habían sido inventados por los chinos. Martín Lutero traduce la Biblia al alemán, que publica en la recién estrenada imprenta, en 1534. Y como el Corán de Mahoma para los musulmanes, esta Biblia es el vehículo que aúna todas las lenguas vernáculas germanas. Ya existía una Biblia del siglo VIII, pero Lutero no había visto ninguna hasta que no ingresó en el monasterio agustino de Erfurt.
La sobriedad natural de las razas germanas, y por derivación su puritanismo adquirido, es poco dado a las licenciosas exuberancias de Las mil y una noches, contrariamente a Boccaccio y Chaucer. Sólo he encontrado unos versos del clérigo Ulrico von Hutten, germanizante y contemporáneo de Lutero, recriminando la corrupción del clero, su atraso e hipocresía, concordando con Dante en que todos los clérigos deberían estar en el infierno.
Lutero promociona los cantos litúrgicos en las ya existentes Escuelas de los Maestros Cantores, evolucionadas de los “minnesang” o cantos de amor trovadorescos de la edad media, que se extienden por todos los territorios de habla germana, desde Luxemburgo a Viena Zürích Estrasburgo Lausanne Leipzig, etc. Estos cantos, plenos de una profunda espiritualidad, nos van a dar a un Wagner, el Shakespeare de la historia musicalizada del germanismo, y canciones de navidad como el Oh Tannenbaum y el Noche de paz, noche de amor, de nuestros tiempos.
Tan tardíamente como el siglo XVIII, Johann Wolfgang von Goethe, con su monumental obra del Fausto sienta las bases del alemán moderno. De todas las versiones, me gustaría conocer el Fausto original maniqueo, del que nos habla San Agustín.
Como los emperadores romano-germánicos, y Hitler después, en su viaje a Italia Goethe queda fascinado por esa tierra “donde florece el limonero”. Y como dice su contemporáneo y amigo, el Barón von Humboldt, el mundo simbólico de Goethe no se puede entender sin tener en cuenta su adhesión a la logia masónica teutona en 1780. Seguramente habría leído La metamorfosis, de Ovidio. En su obra sobre el Doctor Fausto, Goethe nos lleva a las esferas celestes de la Divina Comedia, como ésta, laica, aconfesional y universal, aunque ambas entroncadas en la cosmovisión judeocristiana. Con sumo respeto, Goethe denomina “libros inspirados por el Espíritu Santo” a todos aquellos que constituyen el acervo común de la sabiduría humana.
En boca de Mefistófeles, recomienda al estudiante que “se afanase `por escribir como si le estuviera dictando el Espíritu Santo”. En su mundo mitológico ancestral germano de faunos genios sátiros ninfas fantasmas y brujas, y de simbolismo masónico, insinúa recetas de alquimia, habla de probetas redomas y retortas, de seres de luz, de los ángeles de fuego del amor; y del éter, después teorizado por Einstein. Hombre de Estado en la corte prerrepublicana de Weimar, en 1808 se entrevista con Napoleón en su paso devastador por Alemania.
En su tardío Renacimiento, la lengua alemana es la depositaria de la filosofía clásica griega y de la ciencia del imperio musulmán. Nietzsche escribe Así hablaba Zaratustra donde cita el ocaso de los dioses Todo está preparado para la revolución de Karl Marx. En 1922 se impone como himno nacional prenazi, música compuesta mucho antes por Haydn y recreada junto con la letra por August Heinrich Hoffman, el polémico Deutschland Deutschland über alles.
Ponencia presentada en el IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia en el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert. Diputación Provincial de Alicante. Elche 2002.
LAS MIL Y UNA NOCHES EN LA LITERATURA OCCIDENTAL
EL ARCIPRESTE DE HITA Y CERVANTES
Si difícil es sintetizar el proceso de influencia judeo-cristiana-islámica en las letras occidentales, hacerlo sobre España, ocho siglos musulmana, es apenas esbozable. El árabe se hablaba en tres cuartas partes de la península. Muchos cuentos de las mil y una noches son escritos por arabistas españoles, y sus traducciones circulaban por toda Europa. Fueron los mozárabes los artífices de la mezcla aljamía, lengua de cristianos escrita en caracteres árabes. En el siglo XI el presbítero Vinicio tenía que traducir las canciones eclesiásticas para el obispo de la catedral de Toledo, Abdel Malic.
De la transición del latín al castellano va a quedar una lengua, viva aun hoy, de una gran belleza fónica y candidez expresiva, que hablan los judíos españoles dispersos por el mundo, que tanto contribuyeron a ella y he oído en Marsella Nueva York y Los Ángeles, donde como en Israel, se editan periódicos en ladino. En la hermética sinagoga sefardí de Westwood tuve el privilegio de ser invitada a la proyección de un cortometraje titulado, creo recordar, Añoranzas de Sefarad.
El emperador Federico II muere en 1250, coincidiendo con el rey San Fernando. Su hijo Alfonso X el Sabio era el príncipe europeo, más idóneo para seguirle en el Sacro Imperio Romano Germánico, lo que intentó sin conseguirlo. No será hasta muchas generaciones después en las dinastías castellanas, cuando Carlos V va a lograrlo en el siglo XVI, consolidándolo con el saqueo de Roma, en lo más álgido del imperio español, cuando ya España había desdoblado el mundo.
A la escuela de traductores de Toledo, corte del rey legislador y poeta, llegan sabios de toda Europa para traducir los libros sapienciales del griego y del latín, del árabe y del hebreo. En un castellano incipiente, aun muy latinizado, Alfonso X escribe las Partidas, las Crónicas y las Cantigas. En el códice de Toledo, Ibn Abdún, como si ya hubiese leído a Boccaccio, que sí le hubiera podido leer a él, escribe que “los clérigos son libertinos, fornicadores y sodomitas, por lo que a las mujeres musulmanas debe prohibírseles entrar en las iglesias cristianas, y a las mujeres cristianas también. Éstas comen y fornican con los clérigos, y no hay ni uno solo de ellos que no tenga una o más mujeres con quienes acostarse”. Y como si Ibn Abdún hubiese leído a San Pablo, cosa muy posible, aconseja que “convendría mandar a los clérigos que se casasen, como hacen en oriente, y a los hombres se les debe obligar a circuncidarse, como lo hizo Jesús” - Dios lo bendiga y lo salve.
El rey Sabio hace traducir del árabe los cuentos indios Calila e Dimna. Su hermano don Fadrique hace traducir el Sendebar. Su sobrino don Juan Manuel escribe el Conde Lucanor. Tutor de su sobrino Alfonso XI, éste, como tantos reyes poetas de Al Andalus, hace que se escriba en versos la crónica de la batalla de El Salado, y quizás sea él mismo quien escribe el poema a su bienamada Doña Leonor de Guzmán, castellana de nuestra fortaleza de Alcalá de Guadaíra, regalo del Rey, y madre del vástago que va a constituir la revoltosa dinastía de los Trastámara, hasta llegar a los Reyes Católicos.
En la literatura de gesta, algo tardía en España, contamos con la saga de los Amadís de Gaula, culminada con el Cantar del Mío Cid, tan pleno de lo que Cervantes llamaba “la morisma”, y de arabismos de exquisita musicalidad.
Pero es el Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, nacido en el siglo XIV en la ciudad fronteriza de Alcalá la Real, cautivo de los moros en su infancia, con su Libro de buen amor, tan antitético de lo artificioso del amor cortés, de desenfadada literatura laica y profana, sutilmente anticlerical entre Dios y el diablo y su entrañable Trotaconventos, escrito antes que el Decameron y los Cuentos de Canterbury, quien en la literatura castellana, enlaza más con Las Mil y una noches.
El Cardenal Cisneros edita la Biblia Políglota Complutense. El judío converso Fernando de Rojas escribe La Celestina antes de que Shakespeare lleve a la escena su Romeo y Julieta.
Miguel de Cervantes y William Shakespeare mueren el mismo día. Coincidencia cronológica de los dos creadores de las dos lenguas modernas de los dos imperios emergentes. Cervantes, en su Evangelio del Quijote, según lo califica acertadamente don Miguel de Unamuno, con una amable pero arrasadora sátira de las novelas de caballería, pone fin a toda la literatura folletinesca escrita hasta entonces, estableciendo los cánones de la literatura moderna universal. A partir de él se va a obviar el mito y se va a abrir los ojos a un entorno de realidad. La fábula arcaizante de gesta, no falta de brillantez, ha quedado relegada al pasado histórico. Cervantes ha creado el personaje literario nuevo y el escenario actual.
No sé cómo en mi juventud apareció en casa una versión ilustrada del Quijote, forrada en piel con portada grabada en oro, en castellano antiguo y letras góticas, que nunca me animé a leer por lo dificultoso del texto, y que un día desapareció, tan misteriosamente como había llegado.
Los reaccionarios cuentos de las mil y una noches no habían sido muy apreciados por los austeros seguidores del Corán. En 1895 se publica en Barcelona una edición completa. Blasco Ibáñez hace otra después. Y Washington Irving escribe sus Cuentos de la Alambra.
LOS CUENTOS DE CANTERBURY Y SHAKESPEARE
A principios del siglo VIII Beda el Venerable escribe la historia eclesiástica de Bretaña y Godofredo de Monmouth la vida de Merlín, en lo que se van a basar las leyendas artúricas bretonas y normandas de los héroes cristianos de la leyenda del Santo Grial y de los viajes fantásticos del Simbad británico San Borondón y su ballena flotante o isla giratoria, localizada en el archipiélago canario, donde estuvo Lancelot, que aparece y desaparece aun en nuestros días, supuestamente base de operaciones de intra y extra terrestres.
En el siglo XIV Geoffrey de Chaucer, protegido del célebre duque Juan de Gante, iniciador de las guerras civiles entre Lancasters y Yorks, y hombre de Estado de Eduardo III, viaja a España en misión diplomática, a Francia y a Italia, donde conoce personalmente a Boccaccio. Influido por el Decameron, escribe sus cuentos en el marco de las peregrinaciones a la abadía de Canterbury, donde estaba enterrado el obispo y canciller Santo Tomás Becket, asesinado al pie del altar por mandato de Enrique II. El asesinato de Tomás Moro por Enrique VIII va a ser un calco de éste tres siglos después.
El proyecto original de ciento veinte cuentos, dos a la ida y dos a la vuelta que cada uno de los treinta romeros tenía que improvisar, quedó reducido a sólo veinticuatro por muerte del autor.
Primigenio constructor de la lengua inglesa renacentista, fundida con los dialectos autóctonos, Chaucer precede a Shakespeare en la agudeza psicológica de sus personajes: la Priora habla “avergonzada” el francés de la abadía de Stratford, de donde ella procede, y lengua oficial de la corte normanda de Londres. Las lenguas vernáculas son habladas solamente por los campesinos y las clases bajas.
En el mismo tono jocoso de las Mil y una noches y el Decameron, los cuentos de Chaucer están escritos en un lenguaje irónico, satírico y mordaz. El médico, presumiblemente judío o musulmán, usa el tarot y el horóscopo para curar a sus pacientes. El espléndido cuento de El Bulero, o vendedor de indulgencias, es una incisiva sátira anticlerical, de sofisticado humor británico: “El Bulero acababa de llegar de Roma, llevando en su cartera las indulgencias, todavía calentitas. Imberbe y cutifino, le tomé por castrado e invertido. Pero en toda Inglaterra no había un bulero que lo superase”.
Valiéndose de un lenguaje muy versátil, según la semántica del oficio del protagonista, ”el molinero usa expresiones rústicas, groseras, y de una sencillez brutal”. Por supuesto que ninguno de los personajes glosados pasa por alto con despiadada hilaridad al marido viejo y cornudo, burlado por la esposa joven y fogosa, “retozona como un potrillo “ de El celoso extremeño de Cervantes.
Pero es Shakespeare a final del siglo XVI el creador del inglés moderno universal. Con una brillantez insuperable, eleva el rústico escocés galés e irlandés locales hasta la lengua imperial británica, pragmática y global de la cibernética de nuestros días.
Más aristocrático que teocrático, el dramaturgo lleva a escena la historia de Inglaterra, en un contexto de tragedia griega, con las sangrientas biografías de Eduardos Enriques Ricardos y la macabra Torre de Londres. Un crítico francés lo califica de “cómico histriónico y sanguinario” motivado por el drama escénico de Enrique VI, casado con Margarita de Francia, hija del rey Anjou de Nápoles y Jerusalén, descendiente del emperador Federico II, y por la endogamia real anglo-francesa, reina de Inglaterra después. El Hamlet danés y el Macbeth de los Estuardo escoceses nos descubren las más tenebrosas profundidades del alma humana. Con toda razón uno de sus críticos dice que “la obscenidad no llega a aflorar en esta excelsa literatura”.
Con el mercader judío Shylock y la tragedia del moro Otelo de la Venecia bizantinizada de su tiempo, Shakespeare sostiene el hilo de Ariadna de la influencia oriental. El traductor español de sus obras completas afirma que el inglés es la lengua más hermosa del mundo. La más específica pragmática y concreta, sin duda. Él traduce literalmente “La doma de la bravía”, por la irrebasable traducción libre en español “La fierecilla domada”. Una alumna norteamericana tradujo “hay moros en la costa” por “hay árabes en la playa”, cuya literalidad no se le podría rebatir.
A partir del dicho atribuido a Carlos V, se amplía que el italiano es la lengua de los cantantes, el francés la del amor, el alemán la de la guerra, el inglés la lengua que habla el diablo, y el español la que habla Dios.
Las primeras traducciones al inglés de las Mil y una noches, se hacen a mediados del siglo XIX. Traducida de una versión de El Cairo del siglo XV, se hace otra en 1920, imprescindible para los británicos que junto con Lawrence de Arabia andaban entonces por allá.
La antorcha helenística de Shakespeare pasará a Charles Darwin, a Dickens y a Bernard Shaw.
Si difícil es sintetizar el proceso de influencia judeo-cristiana-islámica en las letras occidentales, hacerlo sobre España, ocho siglos musulmana, es apenas esbozable. El árabe se hablaba en tres cuartas partes de la península. Muchos cuentos de las mil y una noches son escritos por arabistas españoles, y sus traducciones circulaban por toda Europa. Fueron los mozárabes los artífices de la mezcla aljamía, lengua de cristianos escrita en caracteres árabes. En el siglo XI el presbítero Vinicio tenía que traducir las canciones eclesiásticas para el obispo de la catedral de Toledo, Abdel Malic.
De la transición del latín al castellano va a quedar una lengua, viva aun hoy, de una gran belleza fónica y candidez expresiva, que hablan los judíos españoles dispersos por el mundo, que tanto contribuyeron a ella y he oído en Marsella Nueva York y Los Ángeles, donde como en Israel, se editan periódicos en ladino. En la hermética sinagoga sefardí de Westwood tuve el privilegio de ser invitada a la proyección de un cortometraje titulado, creo recordar, Añoranzas de Sefarad.
El emperador Federico II muere en 1250, coincidiendo con el rey San Fernando. Su hijo Alfonso X el Sabio era el príncipe europeo, más idóneo para seguirle en el Sacro Imperio Romano Germánico, lo que intentó sin conseguirlo. No será hasta muchas generaciones después en las dinastías castellanas, cuando Carlos V va a lograrlo en el siglo XVI, consolidándolo con el saqueo de Roma, en lo más álgido del imperio español, cuando ya España había desdoblado el mundo.
A la escuela de traductores de Toledo, corte del rey legislador y poeta, llegan sabios de toda Europa para traducir los libros sapienciales del griego y del latín, del árabe y del hebreo. En un castellano incipiente, aun muy latinizado, Alfonso X escribe las Partidas, las Crónicas y las Cantigas. En el códice de Toledo, Ibn Abdún, como si ya hubiese leído a Boccaccio, que sí le hubiera podido leer a él, escribe que “los clérigos son libertinos, fornicadores y sodomitas, por lo que a las mujeres musulmanas debe prohibírseles entrar en las iglesias cristianas, y a las mujeres cristianas también. Éstas comen y fornican con los clérigos, y no hay ni uno solo de ellos que no tenga una o más mujeres con quienes acostarse”. Y como si Ibn Abdún hubiese leído a San Pablo, cosa muy posible, aconseja que “convendría mandar a los clérigos que se casasen, como hacen en oriente, y a los hombres se les debe obligar a circuncidarse, como lo hizo Jesús” - Dios lo bendiga y lo salve.
El rey Sabio hace traducir del árabe los cuentos indios Calila e Dimna. Su hermano don Fadrique hace traducir el Sendebar. Su sobrino don Juan Manuel escribe el Conde Lucanor. Tutor de su sobrino Alfonso XI, éste, como tantos reyes poetas de Al Andalus, hace que se escriba en versos la crónica de la batalla de El Salado, y quizás sea él mismo quien escribe el poema a su bienamada Doña Leonor de Guzmán, castellana de nuestra fortaleza de Alcalá de Guadaíra, regalo del Rey, y madre del vástago que va a constituir la revoltosa dinastía de los Trastámara, hasta llegar a los Reyes Católicos.
En la literatura de gesta, algo tardía en España, contamos con la saga de los Amadís de Gaula, culminada con el Cantar del Mío Cid, tan pleno de lo que Cervantes llamaba “la morisma”, y de arabismos de exquisita musicalidad.
Pero es el Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, nacido en el siglo XIV en la ciudad fronteriza de Alcalá la Real, cautivo de los moros en su infancia, con su Libro de buen amor, tan antitético de lo artificioso del amor cortés, de desenfadada literatura laica y profana, sutilmente anticlerical entre Dios y el diablo y su entrañable Trotaconventos, escrito antes que el Decameron y los Cuentos de Canterbury, quien en la literatura castellana, enlaza más con Las Mil y una noches.
El Cardenal Cisneros edita la Biblia Políglota Complutense. El judío converso Fernando de Rojas escribe La Celestina antes de que Shakespeare lleve a la escena su Romeo y Julieta.
Miguel de Cervantes y William Shakespeare mueren el mismo día. Coincidencia cronológica de los dos creadores de las dos lenguas modernas de los dos imperios emergentes. Cervantes, en su Evangelio del Quijote, según lo califica acertadamente don Miguel de Unamuno, con una amable pero arrasadora sátira de las novelas de caballería, pone fin a toda la literatura folletinesca escrita hasta entonces, estableciendo los cánones de la literatura moderna universal. A partir de él se va a obviar el mito y se va a abrir los ojos a un entorno de realidad. La fábula arcaizante de gesta, no falta de brillantez, ha quedado relegada al pasado histórico. Cervantes ha creado el personaje literario nuevo y el escenario actual.
No sé cómo en mi juventud apareció en casa una versión ilustrada del Quijote, forrada en piel con portada grabada en oro, en castellano antiguo y letras góticas, que nunca me animé a leer por lo dificultoso del texto, y que un día desapareció, tan misteriosamente como había llegado.
Los reaccionarios cuentos de las mil y una noches no habían sido muy apreciados por los austeros seguidores del Corán. En 1895 se publica en Barcelona una edición completa. Blasco Ibáñez hace otra después. Y Washington Irving escribe sus Cuentos de la Alambra.
LOS CUENTOS DE CANTERBURY Y SHAKESPEARE
A principios del siglo VIII Beda el Venerable escribe la historia eclesiástica de Bretaña y Godofredo de Monmouth la vida de Merlín, en lo que se van a basar las leyendas artúricas bretonas y normandas de los héroes cristianos de la leyenda del Santo Grial y de los viajes fantásticos del Simbad británico San Borondón y su ballena flotante o isla giratoria, localizada en el archipiélago canario, donde estuvo Lancelot, que aparece y desaparece aun en nuestros días, supuestamente base de operaciones de intra y extra terrestres.
En el siglo XIV Geoffrey de Chaucer, protegido del célebre duque Juan de Gante, iniciador de las guerras civiles entre Lancasters y Yorks, y hombre de Estado de Eduardo III, viaja a España en misión diplomática, a Francia y a Italia, donde conoce personalmente a Boccaccio. Influido por el Decameron, escribe sus cuentos en el marco de las peregrinaciones a la abadía de Canterbury, donde estaba enterrado el obispo y canciller Santo Tomás Becket, asesinado al pie del altar por mandato de Enrique II. El asesinato de Tomás Moro por Enrique VIII va a ser un calco de éste tres siglos después.
El proyecto original de ciento veinte cuentos, dos a la ida y dos a la vuelta que cada uno de los treinta romeros tenía que improvisar, quedó reducido a sólo veinticuatro por muerte del autor.
Primigenio constructor de la lengua inglesa renacentista, fundida con los dialectos autóctonos, Chaucer precede a Shakespeare en la agudeza psicológica de sus personajes: la Priora habla “avergonzada” el francés de la abadía de Stratford, de donde ella procede, y lengua oficial de la corte normanda de Londres. Las lenguas vernáculas son habladas solamente por los campesinos y las clases bajas.
En el mismo tono jocoso de las Mil y una noches y el Decameron, los cuentos de Chaucer están escritos en un lenguaje irónico, satírico y mordaz. El médico, presumiblemente judío o musulmán, usa el tarot y el horóscopo para curar a sus pacientes. El espléndido cuento de El Bulero, o vendedor de indulgencias, es una incisiva sátira anticlerical, de sofisticado humor británico: “El Bulero acababa de llegar de Roma, llevando en su cartera las indulgencias, todavía calentitas. Imberbe y cutifino, le tomé por castrado e invertido. Pero en toda Inglaterra no había un bulero que lo superase”.
Valiéndose de un lenguaje muy versátil, según la semántica del oficio del protagonista, ”el molinero usa expresiones rústicas, groseras, y de una sencillez brutal”. Por supuesto que ninguno de los personajes glosados pasa por alto con despiadada hilaridad al marido viejo y cornudo, burlado por la esposa joven y fogosa, “retozona como un potrillo “ de El celoso extremeño de Cervantes.
Pero es Shakespeare a final del siglo XVI el creador del inglés moderno universal. Con una brillantez insuperable, eleva el rústico escocés galés e irlandés locales hasta la lengua imperial británica, pragmática y global de la cibernética de nuestros días.
Más aristocrático que teocrático, el dramaturgo lleva a escena la historia de Inglaterra, en un contexto de tragedia griega, con las sangrientas biografías de Eduardos Enriques Ricardos y la macabra Torre de Londres. Un crítico francés lo califica de “cómico histriónico y sanguinario” motivado por el drama escénico de Enrique VI, casado con Margarita de Francia, hija del rey Anjou de Nápoles y Jerusalén, descendiente del emperador Federico II, y por la endogamia real anglo-francesa, reina de Inglaterra después. El Hamlet danés y el Macbeth de los Estuardo escoceses nos descubren las más tenebrosas profundidades del alma humana. Con toda razón uno de sus críticos dice que “la obscenidad no llega a aflorar en esta excelsa literatura”.
Con el mercader judío Shylock y la tragedia del moro Otelo de la Venecia bizantinizada de su tiempo, Shakespeare sostiene el hilo de Ariadna de la influencia oriental. El traductor español de sus obras completas afirma que el inglés es la lengua más hermosa del mundo. La más específica pragmática y concreta, sin duda. Él traduce literalmente “La doma de la bravía”, por la irrebasable traducción libre en español “La fierecilla domada”. Una alumna norteamericana tradujo “hay moros en la costa” por “hay árabes en la playa”, cuya literalidad no se le podría rebatir.
A partir del dicho atribuido a Carlos V, se amplía que el italiano es la lengua de los cantantes, el francés la del amor, el alemán la de la guerra, el inglés la lengua que habla el diablo, y el español la que habla Dios.
Las primeras traducciones al inglés de las Mil y una noches, se hacen a mediados del siglo XIX. Traducida de una versión de El Cairo del siglo XV, se hace otra en 1920, imprescindible para los británicos que junto con Lawrence de Arabia andaban entonces por allá.
La antorcha helenística de Shakespeare pasará a Charles Darwin, a Dickens y a Bernard Shaw.
LAS MIL Y UNA NOCHES EN LA LITERATURA OCCIDENTAL
CANTAR DE GESTA Y AMOR CORTÉS
La plena aceptación del cristianismo en la Europa carolingia había disipado el uso de ritos paganos ancestrales y generalizado un renacimiento cultural, sembrando de catedrales y monasterios románicos todo el territorio europeo. Las luchas del Emperador contra los musulmanes de España, que ya habían traspasado los Pirineos e invadido Francia, en Roncesvalle da la primera obra de gesta: El Cantar de Roldán.
A principios del segundo milenio, los Cruzados, que han ido a salvar los Santos Lugares, acaban también apropiándose lo que queda del Imperio Romano de Constantinopla. Cuando finalmente son arrojados de aquel suelo por los musulmanes, los cristianos vuelven a casa arabizados, si no islamizados, impregnados de la filosofía oriental.
Judíos y musulmanes traducen del griego árabe y hebreo al latín, en St. Denis y Mont Saint Michel, Montpellier y Toulouse: cosmología matemáticas medicina mineralogía y alquimia. La Escolástica trata de conciliar la fe cristiana con la filosofía racional de Aristóteles. Con las lenguas neolatinas las letras se secularizan. El latín queda para la Iglesia, la Jurisprudencia y la Universidad. Su supervivencia está asegurada. Ni la ciencia ni la cibernética pueden prescindir de él. El griego original sigue siendo el semillero de neologismos para la lengua universal.
En la Provenza autóctona, más italiana que francesa por entonces, se desarrolla una cultura progresista impulsada por el conde Guillermo de Aquitania, que ha participado en las cruzadas, protege a judíos y musulmanes y mantiene en su suelo sinagogas y escuelas coránicas y cabalísticas junto a las escuelas monacales. Guillermo financia las obras del monasterio románico de Cluny en la Borgoña, desgraciadamente destruido en 1811. En esta sociedad ecléctica y permisiva, juglares y trovadores cantan sus sensuales cuentos de mil y una noches con una pátina de cristiandad. Las versiones orales van siendo recogidas en una literatura que llaman Román cortés.
Desde Cluny los monasterios se irradian a Italia Alemania Inglaterra y España, donde los Pirineos aun no marcan fronteras. En Cataluña contamos con importantes monasterios, como el de Santa María de Ripoll, Poblet y Santes Creus. Estos centros culturales, influidos por la filosofía y la mística oriental, van a dar lugar a la herejía de los cátaros o puros iluminados, que papas y reyes van a perseguir hasta su exterminio con la Cruzada albigense.
Margarita, hija de Ramón Berenguer conde de Provenza, se casa con el rey santo Luis IX, quien según Ítalo Calvino tuvo una experiencia mística una noche que pasó encerrado solo en una pirámide de Egipto durante la VII cruzada. Juana, heredera única del conde Raimundo de Toulouse, se casa con Alfonso de Poitiers, hermano de Luis, ambos hijos de Blanca de Castilla. Con estos matrimonios el Midí pasa a formar parte del territorio francés.
En el siglo XII, Chrètien de Troyes, capital de la Champagne, y María de Francia, hija de Leonor de Aquitania y esposa del conde de Alsacia y Flandes, Felipe, que también ha participado en las cruzadas, ambos protectores de Chrètien, dan impulso a una fabulosa literatura escrita en un francés incipiente: una de las muchas lenguas en las que se ha fragmentado el latín, llamada lengua de oil en la parte norte y lengua d´oc en la mitad sur, plena de arabismos por los muchos judíos y musulmanes que tras la victoria de Carlos Martel y con la aquiescencia de Guillermo de Aquitania habitan la región.
Esta literatura artúrica, o de caballería, se escribe principalmente en Francia, todavía no definida entre la Franconia alemana y la Bretaña insular. De las muchas cortes que se le asignan al mítico rey Arturo, una de ellas es Nantes en la Borgoña.
Dedicados a su protector el conde Felipe de Flandes, e impulsado por María, su esposa, Chrètien escribe el Tristán de Gales e Isolda de Irlanda, dando lugar a un género literario que va a llenar toda la Edad Media con las aventuras del rey Arturo y sus Caballeros de la Mesa Redonda de interminables y truculentos episodios y héroes como Lancelot y sus amores adúlteros con la reina Ginebra, esposa de Arturo; el PercevaL de la leyenda mística del Grial, símbolo del espíritu eucarístico cluniacense, o el Turrismundo de Cornualles, de la Casa de Escocia. Su madre, una doncella que jugaba en los bosques que rodeaban un castillo templario, queda embarazada, y cuando su hijo crece le aconseja que puesto que los monjes guerreros están ligados con voto de castidad, haga que toda la Orden lo reconozca como hijo.
Durante varios siglos estas narraciones van a constituir el cuerpo literario de las recientes lenguas europeas, todavía no destacadas totalmente unas de otras ni de su reciente pasado latino común.
Aunque los cuentos de las mil y una noches, traducidos en España, han pasado a toda la Europa latina, no es hasta el tiempo del Rey Sol Luis XIV cuando se hace la primera edición completa en francés, traducida de una edición de El Cairo de 1323. Cuando Napoleón conquista Egipto, fascinado por su cultura milenaria, se hace una nueva versión en 1832.
El acervo sapiencial humano alcanza el Siglo de las Luces con Voltaire y Víctor Hugo.
La plena aceptación del cristianismo en la Europa carolingia había disipado el uso de ritos paganos ancestrales y generalizado un renacimiento cultural, sembrando de catedrales y monasterios románicos todo el territorio europeo. Las luchas del Emperador contra los musulmanes de España, que ya habían traspasado los Pirineos e invadido Francia, en Roncesvalle da la primera obra de gesta: El Cantar de Roldán.
A principios del segundo milenio, los Cruzados, que han ido a salvar los Santos Lugares, acaban también apropiándose lo que queda del Imperio Romano de Constantinopla. Cuando finalmente son arrojados de aquel suelo por los musulmanes, los cristianos vuelven a casa arabizados, si no islamizados, impregnados de la filosofía oriental.
Judíos y musulmanes traducen del griego árabe y hebreo al latín, en St. Denis y Mont Saint Michel, Montpellier y Toulouse: cosmología matemáticas medicina mineralogía y alquimia. La Escolástica trata de conciliar la fe cristiana con la filosofía racional de Aristóteles. Con las lenguas neolatinas las letras se secularizan. El latín queda para la Iglesia, la Jurisprudencia y la Universidad. Su supervivencia está asegurada. Ni la ciencia ni la cibernética pueden prescindir de él. El griego original sigue siendo el semillero de neologismos para la lengua universal.
En la Provenza autóctona, más italiana que francesa por entonces, se desarrolla una cultura progresista impulsada por el conde Guillermo de Aquitania, que ha participado en las cruzadas, protege a judíos y musulmanes y mantiene en su suelo sinagogas y escuelas coránicas y cabalísticas junto a las escuelas monacales. Guillermo financia las obras del monasterio románico de Cluny en la Borgoña, desgraciadamente destruido en 1811. En esta sociedad ecléctica y permisiva, juglares y trovadores cantan sus sensuales cuentos de mil y una noches con una pátina de cristiandad. Las versiones orales van siendo recogidas en una literatura que llaman Román cortés.
Desde Cluny los monasterios se irradian a Italia Alemania Inglaterra y España, donde los Pirineos aun no marcan fronteras. En Cataluña contamos con importantes monasterios, como el de Santa María de Ripoll, Poblet y Santes Creus. Estos centros culturales, influidos por la filosofía y la mística oriental, van a dar lugar a la herejía de los cátaros o puros iluminados, que papas y reyes van a perseguir hasta su exterminio con la Cruzada albigense.
Margarita, hija de Ramón Berenguer conde de Provenza, se casa con el rey santo Luis IX, quien según Ítalo Calvino tuvo una experiencia mística una noche que pasó encerrado solo en una pirámide de Egipto durante la VII cruzada. Juana, heredera única del conde Raimundo de Toulouse, se casa con Alfonso de Poitiers, hermano de Luis, ambos hijos de Blanca de Castilla. Con estos matrimonios el Midí pasa a formar parte del territorio francés.
En el siglo XII, Chrètien de Troyes, capital de la Champagne, y María de Francia, hija de Leonor de Aquitania y esposa del conde de Alsacia y Flandes, Felipe, que también ha participado en las cruzadas, ambos protectores de Chrètien, dan impulso a una fabulosa literatura escrita en un francés incipiente: una de las muchas lenguas en las que se ha fragmentado el latín, llamada lengua de oil en la parte norte y lengua d´oc en la mitad sur, plena de arabismos por los muchos judíos y musulmanes que tras la victoria de Carlos Martel y con la aquiescencia de Guillermo de Aquitania habitan la región.
Esta literatura artúrica, o de caballería, se escribe principalmente en Francia, todavía no definida entre la Franconia alemana y la Bretaña insular. De las muchas cortes que se le asignan al mítico rey Arturo, una de ellas es Nantes en la Borgoña.
Dedicados a su protector el conde Felipe de Flandes, e impulsado por María, su esposa, Chrètien escribe el Tristán de Gales e Isolda de Irlanda, dando lugar a un género literario que va a llenar toda la Edad Media con las aventuras del rey Arturo y sus Caballeros de la Mesa Redonda de interminables y truculentos episodios y héroes como Lancelot y sus amores adúlteros con la reina Ginebra, esposa de Arturo; el PercevaL de la leyenda mística del Grial, símbolo del espíritu eucarístico cluniacense, o el Turrismundo de Cornualles, de la Casa de Escocia. Su madre, una doncella que jugaba en los bosques que rodeaban un castillo templario, queda embarazada, y cuando su hijo crece le aconseja que puesto que los monjes guerreros están ligados con voto de castidad, haga que toda la Orden lo reconozca como hijo.
Durante varios siglos estas narraciones van a constituir el cuerpo literario de las recientes lenguas europeas, todavía no destacadas totalmente unas de otras ni de su reciente pasado latino común.
Aunque los cuentos de las mil y una noches, traducidos en España, han pasado a toda la Europa latina, no es hasta el tiempo del Rey Sol Luis XIV cuando se hace la primera edición completa en francés, traducida de una edición de El Cairo de 1323. Cuando Napoleón conquista Egipto, fascinado por su cultura milenaria, se hace una nueva versión en 1832.
El acervo sapiencial humano alcanza el Siglo de las Luces con Voltaire y Víctor Hugo.
sábado, 18 de octubre de 2008
LAS MIL Y UNA NOCHES EN LA LITERATURA OCCIDENTAL
DANTE Y BOCCACCIO
El emperador Federico II, rey de Sicilia y Jerusalén, vuelve de las cruzadas arabizado y arabizante. En su corte de Palermo protege las escuelas de traductores de Salerno Nápoles y Montecasino que nutren las bibliotecas de Bolonia y Padua, Siena y Mantua con volúmenes de jurisprudencia medicina y mística oriental. Hizo traducir los tratados de metafísica del persa Avicena y del Averroes cordobés.
Según el arabista español de principios del siglo XX Miguel Asín Palacios, Dante tuvo que estar muy en contacto con la cultura árabe. En su Florencia natal, antes de sus estudios había asistido a las escuelas monásticas franciscanas de Santa María Novella donde también estuvo en contacto con dominicos. Es muy probable que allí hubiese leído los escritos del místico sufí murciano Ibn Arabi, que partiendo de Al-Andalus hace un viaje por todo el mundo islámico. Llega a Samarcanda donde come el loto de los dioses. En Jerusalén sube al cielo. Conoce las ciencias ocultas y dice que Juan el Bautista y Jesús tenían poderes cabalísticos.
Brunetto Latino, maestro de Dante, había sido embajador de Florencia en la corte del Rey Sabio en Toledo. Seguramente conocería la traducción castellana en la que el Profeta, en un viaje onírico es transportado desde La Meca a Jerusalén, acompañado por el ángel Gabriel. Allí desciende a los infiernos y presencia los inconcebibles tormentos a los que son sometidos los infieles. Pone en el Paraíso a los musulmanes que han practicado la limosna y a los que han concedido préstamos sin interés.
Dante escribe su Divina Comedia: ni divina ni mucho menos comedia en la acepción actual (lo de divina se lo añadió Boccaccio) en su lengua hegemónica toscana, aunando los dialectos latinos arcaicos, con los que estuvo en tan estrecho contacto en su dilatado deambular de exiliado, creando el italiano moderno.
Obra laica y veladamente anticlerical, la Comedia es el escenario de una alegoría apocalíptica. Rosa mística en la que el Poeta es acompañado por Virgilio y después por Beatriz. En el infierno encontramos una multitud de papas, príncipes y otros personajes condenados por toda clase de pecados y crímenes. Olvidando la misericordia divina y la caridad cristiana, Dante ni siquiera atenúa los infinitos tormentos del lago de hielo ni el de las llamas, coincidentes con los de la Gehena, el infierno musulmán. Allí coloca a Mahoma y a su primo Alí, por cismáticos, por haber escindido la fe y traer la discordia a la Humanidad. A Saladino Avicena y Averroes los vemos en el limbo, a donde iban los buenos no bautizados en la fe católica.
Tanto Mahoma como Dante, al final de su viaje se encuentran con la divinidad, que ambos describen como un foco de luz vivísima, del que ya había hablado Platón, mucho menos especulativo y mucho más científico, que según San Agustín había bebido de las escrituras hebreas, que no habían sido vertidas al griego hasta poco antes del comienzo de nuestra era. Ambos visionarios concuerdan en que el infierno está situado en las entrañas de la Tierra, bajo la ciudad de Jerusalén. Lo cual tiene muchas trazas de ser verdad.
Entre todos los narradores profanos, el más cercano a Las Mil y una noches es Giovanni Boccaccio con su Decameron. Florentino como Dante, hijo ilegítimo, llega a conseguir del Papa las dispensas necesarias para poder acceder a las órdenes mayores. En el marco de la peste negra que a mediados del siglo XIV devastó Europa, siendo la muerte el mejor calidoscopio para intuir el sentido de la vida y de la eternidad,
Boccaccio reduce las matemáticas árabes de mil y una noches a sólo diez días y diez participantes: siete muchachos y tres muchachas reunidos en un locus amoenus de Paraíso terrenal. Cada uno tiene que narrar un cuento cada día, hasta completar el ciento del Decamerón. Prescindiendo de la exuberancia repetitiva oriental, crea una de las obras más brillantes de la literatura universal.
Sus cuentos bizantinos, franceses italianos y españoles, sarcásticos satíricos eróticos, procaces a veces, a pesar del tono burlesco no carecen de una intención moralizante. Catapultado de la ambigua timidez del Dante, Boccaccio, ya abiertamente anticlerical, nos cuenta que Fray Alberto se conquista a una ingenua señora haciéndole creer que es al arcángel Gabriel. El pícaro Fray Cebollas tiene la obscena obsesión de “meter al diablo en el infierno”. El judío Abraham va a Roma, y viendo la maldad de los clérigos, se hace cristiano.
En su viaje a Roma, Boccaccio, escandalizado de la poca virtud de los clérigos, de los que él mismo es uno, condena la avaricia fraude gula envidia y soberbia que observa. Y asegura que aquello es más una fragua de operaciones diabólicas que divinas. Enviado como embajador de Florencia ante el Papa de Aviñón para mediar entre güelfos y gibelinos, arremete contra las riquezas de Cluny, a cuyos monjes acusa de libertinos y sodomitas. Ironiza que el cuerpo del niño mártir romano, San Pancracio sea venerado como reliquia verdadera en treinta diferentes iglesias de Italia.
La antorcha boccacciana, disipadora de tinieblas medievales, sigue de mano en mano, hasta Ítalo Calvino y Umberto Eco.
El emperador Federico II, rey de Sicilia y Jerusalén, vuelve de las cruzadas arabizado y arabizante. En su corte de Palermo protege las escuelas de traductores de Salerno Nápoles y Montecasino que nutren las bibliotecas de Bolonia y Padua, Siena y Mantua con volúmenes de jurisprudencia medicina y mística oriental. Hizo traducir los tratados de metafísica del persa Avicena y del Averroes cordobés.
Según el arabista español de principios del siglo XX Miguel Asín Palacios, Dante tuvo que estar muy en contacto con la cultura árabe. En su Florencia natal, antes de sus estudios había asistido a las escuelas monásticas franciscanas de Santa María Novella donde también estuvo en contacto con dominicos. Es muy probable que allí hubiese leído los escritos del místico sufí murciano Ibn Arabi, que partiendo de Al-Andalus hace un viaje por todo el mundo islámico. Llega a Samarcanda donde come el loto de los dioses. En Jerusalén sube al cielo. Conoce las ciencias ocultas y dice que Juan el Bautista y Jesús tenían poderes cabalísticos.
Brunetto Latino, maestro de Dante, había sido embajador de Florencia en la corte del Rey Sabio en Toledo. Seguramente conocería la traducción castellana en la que el Profeta, en un viaje onírico es transportado desde La Meca a Jerusalén, acompañado por el ángel Gabriel. Allí desciende a los infiernos y presencia los inconcebibles tormentos a los que son sometidos los infieles. Pone en el Paraíso a los musulmanes que han practicado la limosna y a los que han concedido préstamos sin interés.
Dante escribe su Divina Comedia: ni divina ni mucho menos comedia en la acepción actual (lo de divina se lo añadió Boccaccio) en su lengua hegemónica toscana, aunando los dialectos latinos arcaicos, con los que estuvo en tan estrecho contacto en su dilatado deambular de exiliado, creando el italiano moderno.
Obra laica y veladamente anticlerical, la Comedia es el escenario de una alegoría apocalíptica. Rosa mística en la que el Poeta es acompañado por Virgilio y después por Beatriz. En el infierno encontramos una multitud de papas, príncipes y otros personajes condenados por toda clase de pecados y crímenes. Olvidando la misericordia divina y la caridad cristiana, Dante ni siquiera atenúa los infinitos tormentos del lago de hielo ni el de las llamas, coincidentes con los de la Gehena, el infierno musulmán. Allí coloca a Mahoma y a su primo Alí, por cismáticos, por haber escindido la fe y traer la discordia a la Humanidad. A Saladino Avicena y Averroes los vemos en el limbo, a donde iban los buenos no bautizados en la fe católica.
Tanto Mahoma como Dante, al final de su viaje se encuentran con la divinidad, que ambos describen como un foco de luz vivísima, del que ya había hablado Platón, mucho menos especulativo y mucho más científico, que según San Agustín había bebido de las escrituras hebreas, que no habían sido vertidas al griego hasta poco antes del comienzo de nuestra era. Ambos visionarios concuerdan en que el infierno está situado en las entrañas de la Tierra, bajo la ciudad de Jerusalén. Lo cual tiene muchas trazas de ser verdad.
Entre todos los narradores profanos, el más cercano a Las Mil y una noches es Giovanni Boccaccio con su Decameron. Florentino como Dante, hijo ilegítimo, llega a conseguir del Papa las dispensas necesarias para poder acceder a las órdenes mayores. En el marco de la peste negra que a mediados del siglo XIV devastó Europa, siendo la muerte el mejor calidoscopio para intuir el sentido de la vida y de la eternidad,
Boccaccio reduce las matemáticas árabes de mil y una noches a sólo diez días y diez participantes: siete muchachos y tres muchachas reunidos en un locus amoenus de Paraíso terrenal. Cada uno tiene que narrar un cuento cada día, hasta completar el ciento del Decamerón. Prescindiendo de la exuberancia repetitiva oriental, crea una de las obras más brillantes de la literatura universal.
Sus cuentos bizantinos, franceses italianos y españoles, sarcásticos satíricos eróticos, procaces a veces, a pesar del tono burlesco no carecen de una intención moralizante. Catapultado de la ambigua timidez del Dante, Boccaccio, ya abiertamente anticlerical, nos cuenta que Fray Alberto se conquista a una ingenua señora haciéndole creer que es al arcángel Gabriel. El pícaro Fray Cebollas tiene la obscena obsesión de “meter al diablo en el infierno”. El judío Abraham va a Roma, y viendo la maldad de los clérigos, se hace cristiano.
En su viaje a Roma, Boccaccio, escandalizado de la poca virtud de los clérigos, de los que él mismo es uno, condena la avaricia fraude gula envidia y soberbia que observa. Y asegura que aquello es más una fragua de operaciones diabólicas que divinas. Enviado como embajador de Florencia ante el Papa de Aviñón para mediar entre güelfos y gibelinos, arremete contra las riquezas de Cluny, a cuyos monjes acusa de libertinos y sodomitas. Ironiza que el cuerpo del niño mártir romano, San Pancracio sea venerado como reliquia verdadera en treinta diferentes iglesias de Italia.
La antorcha boccacciana, disipadora de tinieblas medievales, sigue de mano en mano, hasta Ítalo Calvino y Umberto Eco.
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